11 de noviembre de 2019
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¿Otra reforma de la Justicia?

6 de febrero de 2010

De la noche a la mañana, sin decir cuál es el objeto de la reforma, para qué servirá, el gobierno designó a un prestigioso ex magistrado a quien, a su vez, encargó de escoger quienes habrían de acompañarle en la complicada tarea.

Esta forma de proceder no es la acostumbrada ni la ideal. ¿Por qué? Sencillamente porque modificaciones constitucionales y legales de esta magnitud, deben obedecer a unas ideas, a una concepción del Estado que debe tener quien ejerce su jefatura. Unos particulares, por sabios e ilustres que sean, no tienen por qué rediseñar el Estado, porque a ellos no los ha elegido el pueblo para esa tarea.  
 
Y más extraña aún es la manifestación del ministro del Interior y de Justicia de que el gobierno no participará de ningún modo en el trabajo de la comisión. ¿Es ésta una rueda suelta?  
 
Como suelen decir ahora, estamos en el peor de los mundos. ¿Por qué? Sencillamente porque ni el gobierno ni las altas cortes se sentirán comprometidos con lo que imaginen y propongan los comisionados. Así, será difícil, por no decir imposible, el trámite en el Congreso, pues cualquier proyecto que se presente no tendrá dolientes. Menos todavía en este año electoral en que están en juego tantos y tan disímiles intereses.  
 
Desde hace más de 50 años, he visto hacer incontables reformas a la justicia. En una de ellas se suprimió la institución de los jurados de conciencia, de indudable estirpe democrática.  
 
¿Cuál fue el argumento? Que los criminales atemorizaban a sus integrantes para que adoptaran veredictos contraevidentes. Motivación que no resiste el menor análisis porque lo mismo podría decirse de los fiscales y jueces.  
 
Esos cambios periódicos, que se han vuelto casi rutinarios, no han dado buenos frutos. La verdad, la horrible verdad, no es otra que una administración de justicia más corrupta todos los días. Para no ir más lejos, en Bogotá hay jueces civiles de circuito para quienes el cohecho y el prevaricato son divertidas y lucrativas ocupaciones. De nada sirve acusarles, porque no se les castiga. Hace unos años conté, en esta columna, la hazaña de uno de ellos que, confabulado con unos maleantes, despojó a una asociación deportiva de varios miles de millones de pesos. Claro que en esa oportunidad los administradores de la asociación, encabezados por su presidente, participaron en el atraco.  
 
Habría sido fácil para el Consejo de la Judicatura y para la Procuraduría comprobar las faltas e imponer las sanciones, pero nada se hizo.  
 
Desengáñense quienes piensen que de esta comisión saldrá algo. Bastarán unos días para que el fragor de la campaña, los ires y venires de los candidatos, los alegatos de fraude, sepulten en el olvido a los comisionados y de ellos no quede ni un recuerdo.  
 
No hay que olvidar que hace apenas año y medio, el gobierno creó otra comisión para que preparara una reforma política, a la cual tampoco le fijó una meta. Esa la formaban ciudadanos tan destacados como los de hoy. Uno de ellos alcanzó a decir que no sabían hasta donde llegarían. En esta columna comenté que a ninguna parte. Y así fue: si hubo un parto no igualó ni al de los montes, porque no se vio ni siquiera el humilde ratoncillo.  
 
Todo esto, en síntesis, no es sino una maniobra de distracción, mientras los problemas crecen y el pintoresco ministro de Protección Social sigue haciendo inventos costosos para los contribuyentes e ineficaces para la prestación del servicio público de la salud. Y así otros de sus compañeros de gabinete… El Mundo.