26 de febrero de 2021
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Espumas que se van

18 de febrero de 2010
18 de febrero de 2010

Para llegar a comprender tanto el comportamiento como los caminos que han tomado nuestras prácticas musicales a lo largo y ancho de la historia se requiere de un análisis reflexivo que busque y encuentre el sentido de los acontecimientos para llegar a ser lo que somos. La historia de la música colombiana, tal como ha sido contada, se ha hecho sobre un paradigma, según el cual los acontecimiento son los que cuentan su propia verdad, y es así, como muchos creen que es el historiador quien sea el que nos conduzca  a esa verdad, o por lo menos nos acerque a ella .

Nos queda la duda, grande, si el Ministerio de la Cultura y el de Educación deberían haber incluido, desde siempre, dentro de los currículos, la asignatura de cultura general sobre nuestros valores artísticos, literarios, musicales, etc. para que permanezca intacto a través del tiempo el inmenso aporte cultural que hemos venidos acumulando, pero también marginando, u olvidando, o lo que sería peor, aceptando que aquello que no conocemos no lo extrañamos.

Desde luego que la historia se hace y se rehace en forma continua, pero está lejos de encontrar verdades absolutas, pero si cerca de hacer esfuerzos para darle sentido al presente, como lo dice el gran musicólogo chileno Pablo Gonzales, cuando manifiesta que las propuestas musicales son interesantes cuando establecen “un vinculo con seres que ya no están posibilitando una forma de intercambio social que va mas allá de las edades y la muerte”.

Si se trata de relacionar la obra musical de alta tradición nacional, separados temporalmente por un siglo, pueden considerarse emblemáticas porque integran, aglutinan una síntesis muy compleja de intereses, tensiones, recursos musicales de sus respectivas épocas pero que han servido como referentes para otras generaciones.

El caso singularmente especial es el  de los compositores e intérpretes, Pedro Morales Pino, León Cardona, Luis Uribe Bueno,  Luis Fernando León Rengifo y el inolvidable gentil Montaña.
Tanto sus vidas como sus obras proponen alternativas de trabajo en relación al lugar de la identidad mestiza, ejemplificando cada uno, a su manera, formas de apropiación de muchos referentes que configuran la identidad del músico colombiano.

Delhaus tenía mucha razón, cuando ya hace mucho tiempo, decía que “la literatura sobre la música no es una mera reflexión sobre lo que es la composición, interpretación y recepción de la música, sino que se trata de de uno de los elementos constitutivos de la música en si misma”.

Existirá siempre una controversia sobre aquello de haber decretado el bambuco, como el emblema nacional, pero la historia musical evolutiva ha venido demostrando lo complejo que ha sido haber tomado ese camino, y las consecuencias regionalistas y aun nacionalistas que este  hecho determinó.

Sin embargo, una realidad de a puño, es saber que hay personas con menos de 30 años, que desconocen quiénes diablos fueron, Silva  y Villalba, Garzón y  Collazos, el Dueto de antaño, el recientemente fallecido, maestro Echavarría,  mi paisano y extraordinario  compositor Jorge Villamil Cordobés, los Hermanos Martínez, Oriol y Otón Rangel, Blas Emilio Atehortua, Alex Tovar, Jerónimo Velasco,  y el genio de los genios, el gran Luis a calvo, quien falleció en el leprocomio de Agua de Dios.

Pero como lo dice el musicólogo Mario Carvajal, “un género musical es comercial cuando sus características lo hacen apetecible para el  comprador, vendible para el vendedor y rentable para los artistas y productores”.

La difusión hoy en día, de la música colombiana, es muy pobre, pues solo en la radio ya casi no se escuchan programas de esa índole, y en la televisión, los canales nacionales a veces hacen referencia al tema y también los canales regionales.

Mientras tanto, yo seguiré con mi viejoteca, rumiando mis recuerdos.