27 de febrero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Dónde ocurre la desgracia

17 de enero de 2010

La desgracia reciente, ocurre allí, en Haití, un país lleno de caos a veces ocasionado por la naturaleza; siempre producto de la avidez humana.

Una vez arrasados los Taínos (pobladores originarios) casi desde el mismo momento en el que Colón instaló a su llegada el Fuerte de Navidad, la isla se colmó de población negra esclava traída para el trabajo en plantaciones de caña, tabaco y café. Dos siglos después de la Conquista, los piratas que azolaron el comercio marítimo presionaron que España le entregara a Francia lo que hoy es Haití.

En esta retorcida historia de pasamanos, los cimarrones que lucharon contra ejércitos de Napoleón y contra sectores de mulatos que con escasas prerrogativas de blancos ejercían alguna propiedad sobre plantaciones y esclavos, lograron en 1804 la independencia. La primera de América Latina.

El derrumbamiento no para desde entonces para la primera República negra del mundo. Las potencias europeas y Estados Unidos, inquietos por el mensaje de liberación negra, aislaron inmediatamente a la independizada Haití. Algo como lo que siglo y medio después se haría a Cuba.

La represalia comercial, el abandono del trabajo en las plantaciones tomadas por la república negra, la circunstancia política de que el libertador se proclamó de inmediato emperador (con los ajuares, caudales y autoritarismos que corresponden a toda corona) pronto mutaron la esclavitud en un modelo todavía conocido: la pobreza de la mayoría y el control de medios productivos por un pequeño grupo aristócrata.

Para mayor desgracia, los principios de igualdad, fraternidad y libertad volvieron los ojos sobre Haití. A cambio de 150 millones de francos en 1826 Francia levanta el bloqueo y reconoce la independencia. Para ahondar la estrategia de “fraternidad”, años más tarde transa esa deuda por impuestos, control de las plantaciones y por ese método inteligente de la economía política: la “autodeterminación” del país independizado mientras adquiera endeudamiento externo.

Como el ruido del descontrol social y político de los países pobres suele inquietar, para proteger las finanzas de los bancos dueños de la deuda externa en 1914 los Estados Unidos envían sus Marines a Haití (directamente, sin necesidad de instalar bases) y se quedan muchos años. El oro de respaldo de esa deuda termina en New York y para ayudar más a la recuperación de la “confianza internacional” en el año 57 apoyan la llegada al poder de François Duvalier (Papa Doc), ampliamente conocido por su vicio sanguinario, quien naturalmente se proclama presidente vitalicio.

Basta de sarcasmos: la miseria terrible de Haití, su inviabilidad política se han comentado en estos días como improntas que se suman a la catástrofe. Acaso, si habrá servido para decir algo más de ese país que en el imaginario colectivo es sinónimo de vudú.

Todo muestra que la catástrofe natural de hoy sólo se suma a la iniquidad política de siempre. Quizá entre la desgracia surja la esperanza de que, ya sin nada más que extraer, la solidaridad de las potencias mundiales, entre las que se cuentan Estados Unidos, España y Francia propiciadores de la histórica catástrofe humanitaria de Haití, pase de ser ayuda circunstancial a un compromiso total de reparación. El Heraldo.