24 de mayo de 2019
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La lección de Honduras

6 de diciembre de 2009

Pero también queda claro que la Carta de la OEA es letra muerta y que la comunidad internacional no es capaz de mantener la democracia.

El “ultimátum de 72 horas” y las presiones contra Micheletti se basaron en la Carta Democrática Interamericana, que prácticamente refundó la OEA en 2001. Era la época del optimismo, cuando la Guerra Fría había concluido, cuando en América Latina ya no quedaban gobiernos militares y cuando incluso se creía que la unión comercial con Estados Unidos traería el bienestar al hemisferio.

Pero al establecer que de la OEA serían expulsados los países donde hubiera “ruptura del orden democrático”, ella dejó de ser una organización de Estados para convertirse en un club de democracias.

Nadie podría negar la urgencia de que la comunidad internacional se ocupe activa y seriamente de promover la democracia. Y sin embargo al adoptar su nueva Carta, la OEA se fue quedando sin el pan y sin el queso: no sirve como foro de negociación entre Estados con regímenes distintos, pero tampoco sirve como defensor de la democracia.

La realidad política esencial de esta parte del mundo es la asimétrica y compleja relación entre Estados Unidos y América Latina. Más que cualquier otra cosa, el hemisferio necesita un foro donde esa relación se pueda examinar abiertamente y se pueda orientar de modos constructivos. El caso de las bases militares en Colombia es un ejemplo exacto del tipo de cuestiones que los Estados deberían ventilar en el seno de la OEA. El narcotráfico es otro. El terrorismo, la migración, la carrera armamentista o el comercio son otros temas que habrían de pasar y que no pasan por la OEA.

Una organización de Estados americanos sería el escenario para la negociación entre distintos tipos de gobiernos, y para que cada país establezca acuerdos puntuales o temáticos sin que el hemisferio se parta en “bloques” monolíticos. Sería el espacio para que poco a poco se acomoden los poderes emergentes, como Brasil. Y por supuesto habría sido el marco para que la historia de Cuba fuera más fácil y su regreso a la democracia menos traumático.

Un club de democracias tiene el problema de que sus miembros deban estar cambiando cuando la democracia se acaba o se restablece: ¿Será que Honduras vuelve a la OEA? ¿Será que Cuba quiere regresar? Y para rematar tiene el problema de que “la democracia” no está bien definida: dirán unos que es la ausencia de gobierno militar, otros dirán que un presidente elegido, que competencia política, que mayorías, que participación popular, que Estado de derecho, que dispersión de poderes; y con estos criterios Honduras y Cuba -pero también Colombia o Venezuela- podrían calificar o no calificar como una “democracia”.

Honduras es la prueba de que a pesar de todo seguimos en un mundo de Estados soberanos, y en este mundo falta una organización de Estados americanos que se ocupe de los problemas entre Estados. Lo cual no implica que la comunidad interamericana deba cejar en su defensa de la democracia. Para eso están los instrumentos convencionales de la diplomacia – el no reconocimiento o la ruptura de relaciones con el gobierno infractor, que los Estados pueden aplicar individual o concertadamente. Para eso está la sociedad civil internacional. Y para eso están los tratados especiales, como el de la Corte Interamericana o el de Comunidad de Democracias donde países como Chile, India, México, Sudáfrica y Estados Unidos, junto con numerosas ONG, trabajan juntos por la democracia dentro y fuera de las organizaciones interestatales.

El fracaso en Honduras pone otra vez en duda la utilidad de la OEA. Quizás no sea posible re-fundarla. Pero entre tanto los Estados seguirán buscando alternativas como Unasur, que es la muestra más palpable. Y los Estados Unidos seguirán negociando con sus vecinos del Sur uno por uno: pero esto exactamente es lo contrario de la OEA.

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