21 de octubre de 2019
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El imaginario, Subuso, rasgarse las vestiduras, ocho

15 de diciembre de 2009
15 de diciembre de 2009

‘El imaginario’. En mis apuntaciones de hace un par de semanas, afirmé que la Academia de la Lengua usa este sustantivo para con él nombrar a quien fabrica imágenes (estatuas) o las pinta. Dije también que esta misma autoridad le da otros significados, de ninguna manera relacionados con la fantasía, como los siguientes: “3. f. Mil. Suplente de un servicio. // 4. Mil. Vigilancia que se hace por turno durante la noche en cada dormitorio colectivo”. Fuera de estos casos, y de uno o dos más, aseguré que ‘imaginario-a’, como adjetivo calificativo, sólo se aplica a lo que está en la imaginación o fantasía. Acerca de esto, y por intermedio del columnista Álvaro Domínguez, me llegó esta observación del ex ministro Rodolfo Segovia Salas: “…desde hace unos veinticinco años el imaginario se viene usando para describir lo que tenían en la cabeza los próceres cuando empezaron a imaginarse, sin saber muy bien para dónde iban, las repúblicas aéreas que se aprestan a celebrar los doscientos años del inicio de una carrera hacia la independencia política”. Pero, señor, esto fue lo que siempre llamamos los ‘sueños hechos realidad’ de nuestros prohombres, o sus ‘planes exitosos’. Añade el señor Segovia que tanto el término (‘el imaginario’) como su acepción tuvieron su origen en los escritos de un tal Francois-Xavier Guerra, intelectual e historiador, quien “acuñó el sustantivo ‘l’imaginaire’ para referirse al potpourrí de nuestros libertadores que historiadores contemporáneos han recogido y repetido”. ‘Imaginaire’ (‘imaginario-a) es el adjetivo francés con el que se califica lo que no es real, como “une maladie imaginaire” (una enfermedad imaginaria). Y ‘popurrí’ (como lo asienta la Academia), es una mescolanza de cosas o una composición musical de fragmentos o temas de diversas obras. ¿Popurrí de nuestros libertadores? Y termina el corresponsal: “ ‘El imaginario’ es justamente la génesis de las instituciones políticas de la democracia a que hemos estado aferrados desde hace doscientos años y a la que todavía, con muchos, muchos conflictos, estamos tratando de ajustar a la realidad social”. Allá los historiadores, que yo de mis viñas vengo, no sé nada, y no soy quien para discutirles. Sin embargo, considero que, si queremos darle el sello de casticidad al sustantivo ‘el imaginario’, su definición tiene que ser ésta: “Conjunto de creencias, personajes y cosas irreales de determinado grupo étnico”. Por ejemplo, “los agüeros, la Patasola, la Llorona, el Mohán, etc. son parte del imaginario paisa”. Con la condición indispensable de que no fueron y nunca serán realidad.

Hace muchos, muchísimos años, a mediados del ya histórico siglo XX, vi en El Espectador, cuando daba gusto su lectura, una tira cómica que me impresionó tanto que se me quedó grabada en la memoria: El dibujo representaba una vitrina dentro de la cual había un violín; a su  lado, el arco. Fuera de la vitrina, de uno de los lados del marco colgaba una hachuela. La leyenda decía: “En caso de inspiración, rompa el vidrio”. Y, observándolo todo, el personaje, de espaldas, ‘cotobito’ y con lentes de miope: Subuso. La tira cómica se llamaba “El extraño mundo de Subuso”. El señor Germán Ospina Velásquez la mencionó en su llamada a Línea Directa, de LA PATRIA, pero la transcribieron así: “el mundo de su uso”. Posteriormente (XII-2-09), otra llamada del señor Ospina fue transcrita de este modo: “cuando hablé de extraño, me refería a ese raro personaje de viejas tiras cómicas llamado Su Hu So”. ¿Quién falló? No importa, que, de cualquier manera, fue peor la pomada que el porrazo.

Consta en el Antiguo Testamento que los hebreos se rasgaban las vestiduras en señal de dolor intenso; o de indignación, fingida o real. De aquí la expresión, de aplicación diaria y conocidísima, “rasgarse las vestiduras”, que el diccionario de María Moliner define de esta guisa: “Escandalizarse excesiva o hipócritamente por algo que otros hacen o dicen”. Una corresponsal de nuestro periódico la utilizó, sardónicamente quizás, de la siguiente manera: “Entonces, ¿por qué nos rasgamos las investiduras cuando Chávez aplica la expresión traidor…?” (Línea Directa, Alba Lorena González, XI-25-09). Todos sabemos qué es una ‘vestidura’. ‘Investidura’, en cambio, aunque expresa una idea de extensión amplísima, es término menos conocido. El Diccionario lo define así: “Carácter que se adquiere con la toma de posesión de ciertos cargos o dignidades”. Como en el caso anterior, no son fácilmente digeribles estas travesuras del diablillo aquel. Más difícil aún una tan grande como ésta: “Creo que interpreto a muchos colombianos si le digo que ochos años son suficientes” (LA PATRIA, Jorge Leyva, XI-22-09). Así está en el titular, ‘OCHOS’; y así, en el texto, ‘ochos’. El adjetivo numeral ‘ocho’ es intrínsecamente plural, por lo mismo, invariable. Admite el plural sólo en frases como ésta: “esa cifra tiene ocho ochos”. Elemental.