17 de enero de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

‘El Gobernador se confió demasiado’

23 de diciembre de 2009
23 de diciembre de 2009

Repitiendo el mismo modus operandi usado en 2001 durante el secuestro masivo en el edificio Torres de Miraflores en la capital huilense, la columna ‘Teófilo Forero’ de las Farc incursionó a la residencia del gobernador del Caquetá, Luis Francisco Cuéllar Carvajal, quien se encontraba durmiendo.
El comando armado, conformado por unos diez miembros, llegó en una camioneta blanca, similar a las usadas por la Policía. Los sediciosos portaban uniformes camuflados de última generación y chalecos con distintivos del grupo Gaula. Además, llevaban cascos especiales con visores nocturnos, usados por las fuerzas especiales.
Un primer grupo se bajó de la camioneta, estacionada cerca de la residencia del mandatario seccional y abrió fuego. El patrullero Javier Simón García, quien servía de escolta, fue el primer blanco. Otros dos patrulleros que acudieron al sitio resultaron levemente heridos.
“Era una camioneta cuatro-puertas con un planchón. Todos iban camuflados y llevaban linternas en la frente. También llevaban armas, parecían fusiles, eran unas armas gruesas y llevaban balas por todas partes”, relató la primera dama, Himelda Galindo.
Ella alcanzó a divisar desde las ventanas del tercer piso cuando la camioneta se acercaba y creyó que era la Policía.

Mal presagio

La familia del gobernador inmolado: "¡Todavía no lo podemos creer!"
esposa del gobernadorComo un mal presagio, esa noche el Gobernador no asistió a la Novena de Aguinaldo que los vecinos rezaban en la plazoleta, cerca de su vivienda. “No fuimos a rezar la Novena. ‘Evitemos, de pronto nos hacen algo, uno no sabe’- me dijo- Nosotros no trasnochamos, nos acostamos temprano, estuvimos reunidos con varias personas; faltando diez minutos para las diez de la noche nos entramos, cerramos todo”, relató la Primera Dama.
Desde su alcoba nupcial, la esposa del mandatario caqueteño alcanzó a divisar la camioneta en la que se desplazaba el comando armado. Pero no sospechó nada. Tampoco Inesita, su hermana, quien la acompañaba.
“Al ratico me di cuenta que pasó la patrulla, seguramente a esa hora hicieron cambio de guardia”, señaló. “Habíamos corrido las cortinas, apagamos el televisor y todo; las luces estaban apagadas”. Minutos después comenzó el ataque.
Explosión salvaje
El segundo grupo activó bombas artesanales contra la puerta principal de la edificación, ubicada en el barrio Pablo VI y lograron entrar. Las explosiones no sólo derribaron la entrada. También los ventanales.
“Fue tremendo, muy horrible. Como a las diez y cuarto comenzó la explosión más salvaje del mundo. Eso sonaban explosiones por todas partes vidrios, y sonaba durísimo”, relató a LA NACIÓN la señora Himelda Galindo.
Cinco hombres, con armas largas, con planos en la mano, subieron hasta el tercer piso, donde a esa hora, el mandatario seccional se aprestaba a conciliar el sueño.
“Ellos entraron, dañaron todas las puertas, las ventanas; destruyeron todo. El mandatario estaba ya en su lecho y al escuchar el tiroteo dijo: ‘¡mija, al piso, es una bomba, un atentado!’; él se tiró al piso. Cuando yo me iba a tirar al piso miré cuando violentaron la puerta, no sé, con mucha fuerza”, comentó profundamente consternada.
“En eso abrieron la puerta con una bomba, la dañaron toda, dañaron todos los vidrios; como quedamos en una esquina y esta casa son puras ventanas, todas las dañaron. Estábamos mi hermana Inés, el Gobernador y yo”.

Estaba en pijama

Pese a sus quebrantos de salud, derivados de sus cuatro secuestros anteriores, los insurgentes lo bajaron a la fuerza.
“Dos personas lo cogieron y lo arrastraron. Tenían armas y camuflados. El Gobernador estaba en pijama y sin zapatos”, relató la señora Galindo de Cuéllar.
Ella los vio cuando entraron violentamente a la alcoba. Los sujetos estaban uniformados.
“Queremos al Gobernador, somos del Ejército- decían-
Entonces lo jalaron por las escaleras, lo bajaron arrastrando, jalándolo acostado. ¿Por favor qué es lo que pasa?- les decía- ¿qué es lo que quieren? Este señor está enfermo. No hicieron caso”.
El Mandatario quedó mudo. Pese a la fortaleza que demostraba no decía nada. Apenas alcanzaba a resistirse.
“Él está enfermo de una pierna, de la columna -les gritaba- ha tenido muchas operaciones y no está muy bien de salud”. Sus palabras no lograron conmoverlos.
“¡Hagámosle rapidito que nos cogió la noche! Ándale, ándale” ordenaban los guerrilleros mientras lo bajaban desde el tercer piso.

La huida

El comando armado lo montó en la camioneta y emprendió la huida, como lo hicieron el 26 de julio de 2001 cuando ingresaron al edificio Torres de Miraflores y lo repitieron un año después en el conjunto Altos de Manzanillo en Neiva.
La acción armada estaba calculada paso a paso. La poca seguridad prestada al mandatario facilitó su secuestro.
“La seguridad del Gobernador no era la adecuada, muchas veces había solamente una persona, como pudimos ver. Al escolta, o sea al vigilante lo asesinaron, no era sino él”, señaló su esposa Imelda Galindo.
“Esto no tiene perdón de Dios; cómo es posible que lo saquen de su propia cama, él no se merece esto”- replicaba.

Estaba anunciado

Aunque no había recibido amenazas directas, estaba en la mira. El ataque, según la Primera Dama, estaba anunciado.
“El no tenía amenazas, pero todos decían que aquí iba a pasar algo, a algún político, a un funcionario del Gobierno. Decían que iba a ver un hostigamiento a alguno del Gobierno a algún político. El Gobernador se confió demasiado. Él decía: ‘No creo que sea para mí, puede ser para otra persona pero ¿por qué a mi’, se confió demasiado”, explicó la señora Galindo de Cuéllar.

Sin seguridad

Pero además, ratificó que a pesar de los rumores nunca le reforzaron su seguridad.
“Nunca le reforzaron la seguridad. Tenía tres escoltas, yo tenía un escolta, mis hijos también. Teníamos un carro viejo. Por la noche siempre había vigilancia, anoche no había sino uno, el vigilante que mataron”.
La falencia la conocían los guerrilleros. Todo el mundo sabía que estaban planeando algo grande.
La muerte de Hermes Triana, alias ‘Patamala’, fue otro indicio. En su agenda personal estaba una lista con los elementos que debía adquirir, entre ellos insignias, escudos y otros distintivos.