20 de enero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Semblantes de dos pueblos

19 de noviembre de 2009
19 de noviembre de 2009

Grecia fue el esplendor de las formas, la plasticidad perfecta en el arte. Roma proyectó las normas jurídicas que fijan los linderos en las relaciones humanas. En esta América se dijo que Venezuela era un cuartel, Colombia una universidad y Ecuador un convento. En nuestra patria, los costeños son pachangueros y extrovertidos; taciturnos y relamidos los cachacos de los entornos bogotanos; locuaces los caldenses; altaneros los santandereanos; elementales e ingenuos los pastusos. Y aquí, a nuestro lado, el manizaleño es intelectual y elitista; los que viven en las orillas del Río Magdalena, descomplicados y joviales, incorporan el trópico a sus arterias; el Oriente y el Norte conservan los rasgos de una raza blanca, pulida y tranquila, con perfil caracterizadamente castellano; el Occidente es mestizo, con raigambre minera y una larvada vocación por la violencia.  
De tiempo ha, vengo analizando las expresiones muy originales de la gente de Salamina y Aranzazu. Hay un aspecto curioso. Nunca el salamineño levanta toldos en tierra aranzacita; en cambio, sí, mis paisanos -solidarios y efusivos- han inundado las áreas rurales y urbanas de la Ciudad Luz. Alcaldes magníficos de ésta, en plural, han sido oriundos de mi tierra, también apóstoles en la creación de entidades caritativas, y uno de los nuestros, Víctor Osorio, compuso la música del Himno de Salamina.
Aranzazu y Salamina son dos comunidades fraternas, colindantes geográficamente, pero con diferencias profundas. Parece increíble que, dados sus contornos comunes y permeabilizados por el cruce permanente de sus habitantes, tengan unas líneas divisorias que, en el fondo, los hacen distintos.
Salamina es una ciudad que vive en reposo. Es suyo un aire metafísico propicio para la meditación. Las calles son estiradas y calmosas, inundadas por vistosos uniformes femeninos, de pronto sorprendidas por la algarabía de las colegialas que, además de bellas, son el símbolo de una comunidad llena de retozos primaverales. Como Popayán, es un santuario de nombres ilustres, y la gravidez de esa historia encorva ligeramente los cuerpos para sostener una tradición de muchos fastos. Esos legados signan de responsabilidades a su clase dirigente, comprometida en la salutación de las cunas que abren senderos perdurables. Las tumbas simbolizan su pasado, pero significan más las nacencias que permiten acariciar futuros esperanzadores.  
El salamineño raizal ama el silencio y la introspección. No lo impacienta el vil metal, ni suyas son las urgencias materiales. Heredó abolengos, historias proceras, el numen de poetas privilegiados, las voces armoniosas de sus oradores y un culto religioso a la mujer. Un pinche selectivo lo hace insular. Mientras el aranzacita habla de tierras y vacunos, el salamineño recuerda sus íconos de gloria, revive el desfile de sus líridas y en sus diálogos cavilantes descifra el porvenir de la patria.
El aranzazuno es otra cosa. Si sus hermanos de allá manejan unas maneras oligárquicas, éstos de acá no se enredan en apellidos, ni sus ojos escudriñan genealogías. El aranzazuno es baquiano para hacer dinero, artista para el rebusque y la vida lo convierte en un invasor. Se apodera de las colindancias, amplía sus lotes de semovientes, aumenta las hectáreas de café, y acampa en La Merced, Filadelfia, Neira, Marulanda o Salamina con voluntad de dominio. Y como si le quedaran chicos los limitantes que le impuso la naturaleza, ahora, comercialmente, coloniza Ecuador, Perú, Chile, Argentina y el Brasil. El 31 de diciembre de todos los años, Aranzazu exhibe centenares de carros último modelo, llegados de todos los confines de América. Los hijos de esta tierra salen, acosados por una pobreza aulladora, a hacer odiseas en las plazas grandes de Colombia y como nuestro país le quedara estrecho, armó viviendas aventureras por todo el continente, decididos a volverse magnates en riqueza. El aranzazuno mira con íntimo pesar a quienes laboramos en las laderas impalpables del espíritu y hacemos de los días un rumiadero de cogitaciones. El aranzazuno no nació para las entelequias, ni para soportar los alambicados ropajes de Don Quijote. Su eslogan se resume en un “cuanto tienes y eso vales”. Si en Salamina siempre es actual el Caballero de la Triste Figura, Aranzazu vibra con sus Sancho Panzas vitales, alegres y burlones de quienes en raquíticos jamelgos andan en busca de Islas Baratarias. Y un toque más: los aranzazunos adoran su tierra nativa y aprovechan cualquier efemérides para retornar a ella.
Es hermoso el semblante de los pueblos. Cada uno con la impronta que lo hace inconfundible; aquel de frente amplia y soñadora, éste con bolsillos sin fondo para meter en ellos en cantidades millonarias los billetes con la cara de Bolívar. Allá las siluetas son largas, como esbozadas por El Greco, con mentes entretenidas y despaciosas para las introversiones, con miradas regresivas a un pasado regio. Los de aquí pisan la dura prosa de la vida, son felices en volteos de bancos y escrituras públicas, triscan veloces los caminos de la fortuna, tienen sangre gitana y un regusto sensual por el tintineo del oro. Salamina le heredó a Don Quijote la locuacidad para los discursos, la testarudez para insistir en andantes quimeras espirituales. Aranzazu es geografía en donde nacen Sanchos talentosos, con sólido sentido común, cabalgadores sobre realidades tangibles, con destreza para el manejo de la economía. El salamineño es luz que se abrillanta en mentes imaginativas. El aranzazuno tiene como propio el sentido común que lo hace útil y le permite vivir plácidamente.