23 de enero de 2021
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La historia de “Toro Sentado”, un bribón empedernido

22 de noviembre de 2009
22 de noviembre de 2009

Pero su magia, opinan otros, era su manera encantadora de atender a la gente y facilidad de expresión. Hablaba con propiedad sobre cualquier te-ma y siempre sentaba precedentes. Sabía con exactitud dónde quedaban los países de Europa, el Reino Unido, ciudades árabes y cualquier pueblo grande en el mundo, entregando latitud y longitud. Decía que lo había aprendido leyendo a escondidas de su padre, un campesino antioqueño, cu-ya debilidad era la siembra de maíz. Pero también conocía la historia de los indios Farotos, que, según él, poblaron San Jacinto huyendo de los caníba-les Caribes. En fin, el hombre era considerado erudito en política, ciencias, matemáticas y geografía. Y hasta en mujeres, pues se dice que distinguía a una mujer embarazada a más de 1.000 metros y muchas madres le pedían consejo cuando notaban a sus hijas sin ganas de comer y con mucho sueño. “Eso es que tiene marido”, solía decir.
Se vestía impecablemente y dicen que se maquillaba tan perfectamente, con las técnicas aprendidas en el teatro, que muy pocos lo notaban. Su cara siempre estaba limpia y sus ojos miel, de gato, pequeños y brillantes, pare-cían mirar alrededor con sutileza. Sus manos finas, largas y con uñas bien cuidadas, también eran otro anzuelo. Sobretodo, para las mujeres, pero lo que remataba era su perfume exquisito, que dicen que cambiaba con las ho-ras y su humor.
Don Ramón, un hombre que se ganó el aprecio de pobres y ricos por su espontaneidad y poco apego a lo material, era robusto de la cara para abajo, tomaba el desayuno después de las 9 de la mañana con una gaseosa, mien-tras dirigía a los empleados de su tienda desde su silla de ruedas, de la que no se levantaba nunca.
Esa discapacidad dio motivo para que la mordacidad de algún sanjacin-tero de espíritu alegre saliera a flote y le apodara “Toro Sentado”, el fiel compañero del Llanero Solitario. Desde ese día, más nunca se le llamó se-ñor Zuluaga. Todo el mundo le decía: “Señor Toro Sentado”. Él reía y sa-ludaba con estoicismo a todo el que le pasara por el frente, desde las 5 de la madrugada hasta las 9 de la noche, cuando cerraba su negocio. No hacia siesta y dos o tres veces a la semana tomaba aguardiente durante todo el día, sin embriagarse.
Lo que más le gustaba a “Toro Sentado” era desayunar dos libras y me-dia de chicharrón de adentro, con yuca harinosa asada; tomar trago, y reír. Con un deleite envidiable degustaba lo que en los Estados Unidos se cono-ce como “The enter chicharrón”, según palabras de Rodrigo Rogelio Sal-gado Gaviria, el descompositor de San Jacinto; y de una vez agarraba un poco de yuca con la yema de los dedos para acompañar la delicia del cerdo blando. Después lo pasaba con un sorbo de gaseosa.
Cada vez que alguien llegaba a su negocio, lo recibía con amabilidad.
– ¡Buenos días pariente!, ¿se toma una gaseosita, o un guaro? Todos lo querían y era muy visitado por pobres y acomodados. Los pobres llegaban a solicitarle ayuda y casi siempre les regalaba algo, y los acomodados lle-gaban a tomar refrescos y a hablar de negocios.
“Toro Sentado” había llegado una mañana de octubre a San Jacinto y alquiló una casa cerca del mercado, donde montó una tienda pequeña, de las que en la Costa denominan “tumbacuchara”, pero que al cabo de tres meses era la más surtida de la región.

Sus inicios
Saber escuchar lo llevó a conocer los secretos de San Jacinto y a esta-blecer lazos de amistad, y casi familiares, con toda clase de gente. Algunos guasones cuentan que a los tres meses de estar en el pueblo era más popu-lar que el suero y la yuca.
Todo el mundo hablaba de “Toro Sentado” porque siempre cumplía con lo que prometía. Por ejemplo, él empezó prestando dinero al 10% y de in-mediato pagaba los intereses de dos o tres meses. En ese lapso movía la plata y antes de que se cumpliera el plazo devolvía todo. Eso hacía que la persona le entregara su confianza y al cabo de tres días le volviera a prestar el triple, pero con intereses más bajos.
Gustavo “Tavo” Barraza, comerciante sanjacintero y bromista de tiempo completo, cuenta que por poco pierde una suma fuerte de dinero con “Toro Sentado”, pero la desconfianza lo detuvo y se negó a hacerle el préstamo.
“Ya me tenía las banderillas puestas. De vaina que me aguanté porque comencé a preguntarme, y este cachaco ¿por qué sabe que me prestaron en la Caja Agraria?, y ¿por qué me ofrece intereses tan altos? Esto es como ra-ro. Por eso no le presté y mejor invertí la plata en otro negocio”, dijo.
Lo cierto es que “Toro Sentado” era diferente a los timadores que ha-bían llegado a San Jacinto porque no mostraba ese deseo de estafar a la gente. Actuaba con naturalidad, cautela y siempre fue cumplido. Siempre tenía la cabeza asomada por el mostrador de su tienda y había alguien ha-blando con él. Después se supo que tenía informantes.
Con el dinero que prestaba aumentaba su poderío económico y al cabo de dos años en San Jacinto, comenzó a quedarles mal a los prestamistas, pero él los convencía que no era culpa de él, sino de la crisis del país. “To-ro Sentado”, mientras hacia malabares con su silla de ruedas, les decía a sus deudores que había hecho una inversión fuerte en Panamá y que en un mes venderían unas propiedades que había adquirido allá con la colabora-ción de un hermano suyo.
– “No te preocupes, que tu plata está segura. Más bien, si tienes otro mi-lloncito, me lo prestas y te pago los intereses al 25%”: así le dijo a un prestamista después de destapar la cuarta botella de aguardiente y de inme-diato éste mandó a buscar el dinero y se lo entregó. Pero eso sí, “Toro Sentado” le pagó un mes de intereses por adelantado.
En el pueblo se regó la bola: “Toro Sentado” tiene inversiones en el ex-tranjero y en la bolsa de Nueva York. Y muchos incautos cayeron solitos porque él decía que esas inversiones producían el doble en menos de tres meses, debido a que allí invertía mucha gente con grandes sumas de dinero, lo que permitía a los inversionistas adquirir productos a bajo precio y ven-derlos por el triple. Entonces, “Toro Sentado” les decía: “Si usted riega la bola y me trae a otras personas que inviertan, su nombre irá subiendo en la lista y usted recibirá una gran cantidad de dinero”.
Así su fama creció y cuenta “Tavo” Barraza que las solicitudes de prés-tamos en la Caja Agraria aumentaron: “Eran hileras de gente visitando al comerciante, que ahora usaba una cadena gruesa de oro que lo hacia brillar como un sol, llevándole plata para que invirtiera o la guardara en un baúl”.

El golpe
Robinson Rafael Lora Leones, otro sanjacintero de pura cepa que cono-ció de cerca de “Toro Sentado” comenta que el tipo era un avispado, y lo peor es que todo el mundo lo sabía, pero cuando la gente le escuchaba su verbo, caía rendida a sus pies.
Recueda Robinson que una vez a un parcelero, a quien apodan “El Ne-grito”, venía caminando con la cara iluminada de felicidad y alguien le di-jo: “Toro, al cliente ese le acaban de soltar $600.000 en la Caja Agraria”.
Lo esperó y cuando lo tuvo cerca le dijo: “quiubo pariente, ¿cómo está la familia?
El hombre le respondió: “bien, señor Toro Sentado”.
– ¿Se toma un guarito?
– Sí, claro, pero de Medellín.
Toro hizo un ademán raro y el dependiente bajó una botella y destapó una gaseosa bien fría. Comenzó a hablar de trivialidades y después le ex-plicó el negocio. A las dos horas se había embolsillado el préstamo que “El Negrito” había hecho para sembrar 3 hectáreas de maíz, 6 de ñame y tres de yuca. Claro, que le devolvió una parte, aduciendo que él era muy serio y pagaba los intereses por adelantado.
Por esos días muchas personas le llevaban plata a “Toro Sentado”, de quien comenzaron a escucharse cuentos. Alguien dijo que lo habían visto orinar de pie, un sábado en la noche, obnubilado por el licor. Otros asegu-raron haberlo visto correr detrás de un ladrón que le hurtó una mariquera en el centro de Cartagena. En fin, comenzó a enrarecérsele el ambiente y fue entonces cuando urdió su escape.
Días antes rechazó las inversiones de mucha gente y devolvió parte del dinero a cada uno de sus inversionistas, advirtiendo que le había llegado una remesa de Panamá. Pero la noche antes de partir advirtió a sus vecinos que su madre estaba por visitarlo y que ella era una mujer excéntrica que le encantaba llegar de noche para que nadie la viera. “Si escuchan ruidos, no se preocupen, que es ella”, dijo.
Al día siguiente, a las 8 de la mañana los comerciantes vecinos se preo-cuparon porque “Toro Sentado” no había abierto su negocio. Así que toca-ron la puerta y como no abría, la tumbaron. Los estantes casi vacíos de la tienda fue lo que hallaron y una nota pegada en la pared que decía: “Mu-chas gracias gente de San Jacinto, por sus hospitalidad. Me voy con ver-güenza porque los negocios no salieron bien”.
Los prestamistas, apoyados por la Policía, decomisaron el ron y los ví-veres, con cuya venta recuperaron algo de su dinero. Todos se quedaron “viendo un chispero”.

***
“Tavo” Barraza cuenta que el día de su partida, unos borrachos vieron a “Toro Sentado” cargando un camión Dodge 600, de color verde, con placas de Cartagena. Pero no le prestaron atención, pues cuando lo increparon se identificó como el hermano menor.
Otros dicen que al cabo de un tiempo, “Toro Sentado” mandó parte del dinero a sus clientes. “Él no era malo, más bien era buena persona, que a punta de embustes engatuzó a decenas de personas con ganas de ganar plata fácil”.