26 de enero de 2021
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El primer rey de la Patagonia

14 de noviembre de 2009

Acaso lo que puedo contar de aquella historia permita ver hasta qué punto Fresán retrató a su manera las miserias secretas de un país que no se conocía a sí mismo ni aprendía de sus errores.

Todo empezó una noche de 1971, cuando yo estaba a punto de viajar a París. Fresán era un creador incomparable de diseños gráficos. Yo lo admiraba por su BioAutobiografía de Borges y su versión arquitectónica de "Casa tomada", el cuento de Cortázar. Entonces nos veíamos con alguna frecuencia en Buenos Aires. Años después tendríamos diálogos cotidianos en el exilio de Venezuela, cuando ambos trabajábamos en el lanzamiento de El Diario , de Caracas.

Pero antes de aquel viaje a París quería verme por una razón muy distinta. Faltaban pocos minutos para el vuelo cuando lo vi irrumpir en el aeropuerto de Ezeiza.

Con un tono imperativo que delataba su urgencia, se me acercó y dijo: "Te ruego que busques a Ricardo Aronovich en París, lo convenzas de que deje todo lo que está haciendo y filme una entrevista tuya con el rey de la Patagonia. Te dejo estos dólares para que compren película virgen y estos libros para que sepas de qué va la historia".

Esas fueron todas sus instrucciones. Aronovich era un excelente director de fotografía que secundaba a los mejores realizadores franceses. En aquella época estaba trabajando con François Truffaut o con Alain Resnais, no lo recuerdo. "Ahora tenés todo lo que hace falta. No se te ocurra fallarme", dijo Fresán, y me empujó hacia la puerta de embarque.

De cómo Aronovich y yo entramos de buen talante en el delirio de Fresán y mediante cuáles argumentos telefónicos descubrimos que ya no había rey, sino tan sólo príncipe heredero, son briznas de la historia que se me han perdido por el camino. Sólo recuerdo el azoramiento con que, ya en el avión, leí, en los libros que acababa de recibir, una confusión de intrincadas genealogías según las cuales el primer rey de la Patagonia, Orélie Antoine I, señor de Tounens, era hijo de un molinero que a su vez descendía de un campesino expósito, presunto hijo bastardo de Luis XV. Si el rey Orélie no figuraba en la historia no era porque la historia lo ignorase, sino porque él, voluntariamente, se había situado en los márgenes de la realidad.

Y allí estaba el principio. A fines de agosto de 1858, un oscuro procurador de Périgueux -ciudad del sudoeste de Francia, no lejos de Burdeos- había desembarcado en la costa norte de Chile con la intención manifiesta de fundar una monarquía constitucional.

Era, claro está, el señor de Tounens. Tenía 33 años. Vestía una levita ceñida a la usanza francesa, un poncho cruzado en forma de bandolera y una vincha de paño blanco. Cuando una tropa de guerreros mapuches le salió al encuentro, enarboló la bandera verde, azul y blanca que llevaba preparada y desenrolló los pergaminos de la Constitución que instauraba el naciente reino.

No lo desamparó la suerte. Seducidos por el espectáculo de un mariscal inerme, que afrontaba las lanzas con una jerga incomprensible, los guerreros lo llevaron ante el cacique Quilapán, quien lo tomó bajo su protección. Dos años más tarde, la noche de Navidad de 1861, Orélie Antoine fue coronado en las tolderías del cacique Levin. Casi tres mil indígenas llegaron para aclamarlo. El rey pronunció una arenga elocuente, que los tropiezos de los lenguaraces echaron a perder. Luego, adelantándose, entregó la bandera del reino a los caciques y les hizo prometer que "con ella debían morir y no retroceder". Esa misma noche anunció la guerra. Pidió doce mil indios armados para sitiar la ciudad de Santiago de Chile. Suponía que el presidente Manuel Montt, "en su afán por comprar trenes", se había quedado sin armas para enfrentarlo. De ese error de cálculo iba a nacer su ruina.

El 5 de enero de 1862 lo despertó una patrulla del ejército chileno. Dos meses después, en la cárcel del pueblo de Los Angeles, Orélie referiría en una carta la inesperada captura:

"Sólo un momento había pasado desde que me confié al sueño cuando un brazo hercúleo impidió que me levantara. Alguien me tomó de las axilas, otro a quien no vi se apoderó de mis reales posesiones, otro más me amenazó con un arma. Como estos hombres nada decían, los confundí con ladrones y les pregunté con calma si trataban de asesinarme. «No -me contestó el que mandaba-. No se mueva y ningún mal le haremos»."

Casi un año permaneció el ex procurador de Périgueux confinado en una celda de salitre, donde lo aquejaron fiebres reumáticas. A fines de marzo de 1863 lo sometieron a juicio y lo encerraron en la Casa de Locos de Santiago. Había empezado a delirar con visiones de la Santísima Trinidad cuando el cónsul francés en Valparaíso acudió a rescatarlo. En octubre de 1863, el rey caído pudo al fin embarcarse en un navío de guerra con destino al puerto de Brest.

En París, creó la Orden Real de la Estrella del Sur y mandó acuñar monedas de un peso y de dos centavos, que revendía a los coleccionistas. Contra todas sus esperanzas, murió en la cama, de gripe, el 19 de septiembre de 1879.

Tres diestros aventureros lo sucedieron a la cabeza del reino. El cuarto no se hacía llamar rey, sino príncipe heredero. Lo tuve ante mis ojos una mañana de la primavera de 1972. Su nombre era (tal vez sea todavía) Philippe-Paul-Alexandre Henry Boiry. Ejercía con cierta ostentación el indefinido oficio de "difusor periodístico".

La sala del trono en la que fuimos recibidos Aronovich y yo no estaba ornada con lanzas y cueros de potro, ni los asientos eran cráneos de vaca, como había pretendido Juan Fresán en sus instrucciones para la película. Era el convencional vestíbulo de una casa que, para escándalo de los ideales monárquicos, servía de sede al Círculo Republicano.

Mientras aguardábamos al príncipe, tuvimos al menos la fortuna de conocer al chambelán e historiador oficial de la corte. Era gordo y bizco. Una faja de raso negro le atormentaba el abdomen. Lo seguía una dama pálida y ojerosa que me saludó con unas gárgaras de risa.

"Soy Serge de Bennigsen, duque de Choele-Choel", dijo el chambelán con toda seriedad. Tenía las manos frías y sudorosas. "Me complace mucho presentarles a la duquesa Adelaide. Estamos recién casados, por gracia especial de su alteza, el príncipe Philippe."

En algún reloj dieron las diez. El chambelán abrió las puertas del vestíbulo y nos condujo hacia el príncipe heredero, que aguardaba sentado a la vera de una mesita rodante, entre sellos, papeles de carta, lacres y mapas. En vez del gigante obeso que Aronovich y yo habíamos forjado en la imaginación, hallé a un funcionario manicurado, casi una caricatura de los fígaros de vodevil, que se desprendía de las palabras con un gestito de náusea. Llevaba botones de puño que quizá fueran de oro. Una traba de corbata le ceñía el cuello hasta la sofocación.

La entrevista debía durar una hora. Duró dos. Cuando salimos del Círculo Republicano, llovía a cántaros. El señor de Bennigsen nos sugirió en la puerta que nos postuláramos a las baronías del reino que aún estaban vacantes:

"Barón de Lanús, barón de Bariloche -bizqueó, insinuante-. Los pliegos del petitorio nobiliario valen cuatro mil francos. No están, por supuesto, a disposición de cualquiera, sobre todo desde que el general Perón nos envió una carta en la que promete reconocer el legítimo derecho de Su Alteza a reclamar el Reino."

Nos mostró la carta. Era un texto manuscrito fechado en Madrid. Parecía auténtico.

Un mes más tarde, cuando Fresán proyectó la película en una salita de la calle Viamonte, le pedí que eliminara las escenas en las que flaqueaba mi francés.

"No voy a tocar un solo fotograma -dijo, implacable-.Quiero todo lo que sea subdesarrollado, tal como está, químicamente puro."

A los tres meses salió a filmar en los páramos de Río Negro, con indios de cartón pintado que lucían plumas de gallinas y carabineros chilenos que eran niños de las escuelas primarias. Lo que vi me pareció maravilloso y, como quedó inconcluso, alenté la esperanza de que La nueva Francia tuviera la misma eternidad de Que viva México , de Eisenstein: un manantial en el que otros films podrían abrevar inagotablemente. Pero Fresán murió demasiado pronto, en julio de 2004.

Jamás pude conocer el destino de esas atormentadas leguas de celuloide hasta que el azar me permitió vislumbrarlo a principios de 1981, cuando acompañé a un amigo al hospicio de Nirgua, no lejos de Caracas, donde su padre navegaba en una benévola demencia. Un viejo corpulento con báculo de plástico tomaba de sus bolsillos unas estampitas traslúcidas y las arrojaba al aire como si fueran bendiciones.

Cacé dos estampitas al vuelo. Vi en un súbito fogonazo los desteñidos esqueletos de celuloide de La nueva Francia , vi los filamentos amarillos de la banda sonora y, con el espanto de quien cae a los vacíos de otro mundo, reconocí en esos fotogramas mi cuerpo entero de hacía diez años, entrevistando de perfil al príncipe heredero de la Patagonia.