21 de noviembre de 2019
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Una anécdota en la vida de Luis Carlos Galán Sarmiento

19 de octubre de 2009
19 de octubre de 2009

En 1970, Gabriel Betancur Mejía, entonces ministro de Educación, les encomendó a tres colegios de Bogotá que fueran Centros Pilotos de un estudio que integrara la enseñanza de las  Ciencias Naturales, cuyo pénsum, durante muchos años, había sido clasificado así:

Grado 6o. (Primero de bachillerato): Ciencias naturales.
Grado 7o. (Segundo de bachillerato): Biología vegetal.
Grado 8o. (Tercero de bachillerato): Biología animal.
Grado 9o. (Cuarto de bachillerato): Anatomía, fisiología e higiene, o Biología humana.

Los colegios escogidos fueron el colegio nacional Nicolás Esguerra; el colegio de La Presentación y el colegio San Viator.
La tarea encomendada era hacer una nueva clasificación del pénsum académico de estas asignaturas. Sus profesores eran estudiantes de Ciencias Biológicas en la Universidad.

El colegio San Viator encargó de este trabajo a los profesores Germán Hernández Aguilera y Gustavo Hermosa Puyo, autor de estas líneas; El primero fue más tarde Secretario de Educación del departamento del Meta, y congresista durante varios años, elegido por el mismo departamento.
Terminado el trabajo, quedó como nombre oficial del estudio de las Ciencias Naturales el de “Biología Integral”, ya que era obvio que los seres vivos tienen organización anatómico-funcional y los mismos componentes genéticos, como el ADN. Y así, los estudios se seguirían llamando:

Grado 6o. Ciencias naturales
Grado 7o. Biología Integral 1
Grado 8o. Biología Integral 2
Grado 9o. Biología Integral 3
En los grados 10o. y 11o. se adiciona “Comportamiento y Salud”.

Poco tiempo después, llega al Ministerio de Educación el doctor Luis Carlos Galán Sarmiento.
La importancia que tuvo el colegio San Viator en el programa antes mencionado, y la ayuda de la bibliotecaria del colegio, Consuelo Falla, relacionada familiarmente con los Galán, fueron fundamentales en la consecución de una cita con el Ministro, quien nos recibió cumplidamente en su despacho. Nos impresionaron favorablemente su sencillez y su cordialidad. El objeto de nuestra visita era solicitarle su asistencia, en diciembre de 1972, al acto de graduación de los bachilleres de la promoción de ese año.
Miró el almanaque de su agenda, y dijo: “Ah, es un domingo. Pues, cuenten conmigo, que allá estaré. Y me parece bien a las 6:30 de lo tarde”. Enseguida, anotó la dirección, que en esa  época era: Colegio San Viator, kilómetro 14, autopista del norte.

Con atención, y antes de acompañarnos a la puerta del despacho, quiso saber sobre una obra especial y muy meritoria del Colegio, por medio de la cual se le concedía beca al 20 % de los alumnos, todos ellos de clases bajas, incapaces de pagar los derechos de matrícula y de pensión.

Para la ceremonia de graduación de los bachilleres, se había elaborado el acostumbrado Orden del día, en el que aparecían las palabras del Ministro en el último lugar, para cerrar el acto, que debía comenzar a las 6:30 de la tarde. La mesa de honor, por supuesto, debería ser presidida por el Ministro. Pero éste no aparecía. Después de diez minutos, el desasosiego comenzó a apoderarse de todos los presentes. Más aún, si tenemos en cuenta que los Viatorianos empiezan todo lo programado a la hora exacta.
Como el Ministro no llegaba, decidimos comenzar la ceremonia a las 6:45 de la tarde. Leí el Orden del día, no sin antes haber dicho que el atraso se debía a la demora del Ministro. Leía yo el punto 6o., cuando alcancé a divisar, al fondo, al Ministro, que avanzaba lentamente hacia la mesa principal.
Suspendí la lectura, y, sin poder contener la emoción, les dije a los presentes: “¡Por favor, pónganse de pies, que ha llegado el señor Ministro Galán!”. Los aplausos fueron apoteósicos.
Subió la escalerilla, le di la bienvenida, y él, avergonzado, me explicó que, al regreso de Chía, había tenido un inconveniente con su carro, lo que había sido la causa de su retraso.
Saludó a todos los de la mesa, tomó asiento y me indicó que siguiera la lectura del Orden del día.

Durante uno de los recesos entre punto y punto, me pidió una hoja de papel, en la que empezó a garabatear, con su estilógrafo Parker 51, con tinta verde, algunas anotaciones, que serían las guías para las ideas que expondría al final de la ceremonia.

Fue muy breve, pero muy exacto en la concepción que tenía de la educación  para todos, sin distingos de clase. Tuvo, además, palabras elogiosas para la Institución de los sacerdotes viatorianos.

No aceptó la copa de vino que se ofreció después de sus palabras, porque –dijo- tenía un compromiso. Cálidamente se despidió de los que estábamos en la mesa y de todos los asistentes.

Han pasado treinta y siete años, y no borro de mi retina ni de mi mente estos recuerdos. El doctor Galán Sarmiento era un hombre que infundía no sólo respeto, sino que poseía ese raro misterio de los seres humanos que, sin proponérselo, irradian la luz de su aureola.

La tarde de su vil asesinato desfilaron por mi mente estos recuerdos. Y me convenzo de que él era el hombre predestinado para sacar adelante este país, misión que se vio frustrada por asesinos pagados por seres humanos despreciables.

¡Qué falta nos hace Luis Carlos Galán Sarmiento! Y ¡qué vergüenza para este país, que no supo aprovechar ese sacrificio para desarraigar las costumbres malsanas de su política!