22 de noviembre de 2019
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Se distrajo el ángel

15 de octubre de 2009
15 de octubre de 2009

A Calixto le daba igual el creyente de ingenua fe de carbonero que el exquisito ateo gracias a todos los dioses. Desde su ingreso al Seminario de Misiones de Yarumal -enero de 1942- en compañía de su amigo de todos los semestres, Monseñor Bernardo Merino, empezó su cursillo de tolerante, faceta suya que siempre me impresionó.

Tiraba línea teológico-evangélica sin estridencias, como "quien cultiva orquídeas". Cero dogmatismos. Disfrutaba de su oficio de cura, prerrequisito para pellizcar la felicidad.

Decía verdades audaces. "Si lo oye Pedro Cardenal Rubiano, le asienta su baculazo", le comentaba. Sonreía. De pronto parecía que estuviera en la oposición a Jesús, su gurú. No había tal. Simplemente, lo interpretaba, bien datiado por el Espíritu Santo. En asuntos bíblicos veía el gusano donde otros no vemos la res.

Vivió en pascuas eternas. Como era lector atento del español José María Cabodevilla, con una cierta sonrisa procuraba derrumbar las murallas de Jericó de los escépticos. También utilizaba el humor para desentrañar las difíciles hipérboles del yupi y nerd de 33 años, hijo único del carpintero de Nazareth.

Leer sus siempre bien escritas "Tejas arriba" -cuidaba el fondo y la forma- era un paseo de olla, pelota de números y pantaloneta en la cabeza. Leerlo nos hacía menos "piores". Olvidar su cartilla era volver a nuestra pequeñez de mortales.

Monseñor Merino Botero, "calixtólogo" mayor, y quien lagrimió con la partida del amigo que nunca le retiró el saludo ni la mirada por haberse trasteado a la Iglesia anglicana, se admiraba de que Calixto dijera cada año cosas distintas sobre el mismo evangelio.

Nos Merino será el biógrafo de Calixto en la obra en cuatro tomos sobre música religiosa que su viejo camarada presentaría en la Universidad Javeriana, en Bogotá, la semana siguiente a su adiós. Es un libro parido a cuatro manos con el padre Toro Patiño Daniel José.

Como no me puede rectificar, pido licencia para chicaniar con su amistad. Una tarde tomó algo parviado en casa. Llegó hora y media tarde. Como no tenía voto de abstinencia gastronómica, despachó las viandas. Casi no queda para el calentao . Disfrutamos una enriquecedora velada. Abría la boca y estaba enseñando.

A la muerte de mi taita, nos afrijoló fluida charla para bajarle la caña a la temida pelona. En ese cambio de ropa veía una forma de trascender.

Perdí invaluable fuente teológico-eclesiástica. Si, por ejemplo, necesitaba un ciego para alguna crónica, me remitía a Bartimeo. Quedé sin cómplice para hacer croché por Internet. Sin Calixto, estamos tristes, como "un torero detrás del telón de acero", para reincidir en Sabina.