17 de noviembre de 2019
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¿Qué le pasa a la música colombiana?, se pregunta Antonio Pardo

29 de octubre de 2009
29 de octubre de 2009

En su intervención, que fue aplaudida, don Antonio convocó al auditorio a acompañarlo en la que llamó la “idea loca” de rescatar y mover el bambuco como motivación principal hacia la Perla del Otún que está sumida en una grave crisis por el retorno forzado de muchos de quienes se encontraban en España y otros que no volvieron a girar euros ni dólares a los suyos.

El trabajo de Pardo constituye un bien documentado recorrido por la música terrígena y la evolución del periodismo radial de Colombia.  

Expositor canchero que sabe entretener a la audiencia, don Toño matizó su disertación con algunos pasajes de su infancia, adolescencia, juventud y madurez, especialmente cuando vivió en su natal barrio Manrique, de Medellín, donde tuvo pelota de papel, corneta y el más veloz carro balinero. Hay que leerlo.  

¿Que le pasa a la música colombiana?
Por Antonio Pardo García
                                                             
Antes de iniciar la charla, permítanme  traer esta anécdota:

De los 57 años que pasé en el periodismo, 50 de ellos en la radio, mis presuntos éxitos fueron producidos por ideas locas. No hubo ninguna sin éxito. Algunas, en campañas sociales y, otras, enmarcadas por la noticia.

Con muchísimo cariño recuerdo una  que se convirtió en un acontecimiento  radial:

En el año 72, como decían que el presidente y dueño de Todelar Bernardo Tobón de la Roche  era difícil como administrador, muy riguroso en el gasto -o tacaño como se dice popularmente–, recordé una sugerencia práctica del director artístico Fernando Franco García: “Si necesitas seis bombillos, pídele 12 y  te dará seis. Si necesitas  un lapicero, pídele cuatro y recibirás uno”.   Entonces le dije a Bernardo Tobón:

Necesito 30 narradores, comentaristas y un técnico  para ir a Munich a cubrir los Juegos Olímpicos. El costo,  unos quinientos millones de pesos en hoteles,  pasajes aéreos, viáticos y servicios internacionales y locales de comunicaciones en Alemania. Bien planificado y con la debida anticipación puede ser el negocio del año.  

No continué con la petición  porque la comunicación se interrumpió. Supe luego que  le había causado una tremenda conmoción que le hizo soltar el teléfono.

Después  de una semana me llamó y me dijo: Pardo: Puede contar con once personas para  los Olímpicos y planifique ya para comercializar.

Once eran los que necesitaba exactamente, y la idea loca se tradujo en uno de los  éxitos más grandes en transmisiones hechas por la radio del mundo sobre el percance fatal en los Juegos Olímpicos por el  ataque terrorista de los fedayines.

Ahora traigo aquí no una propuesta loca, sino una idea sensata para que ustedes la apoyen. La voy a presentar más adelante

Pero, retomando el precepto, también les pido dos horas en este coloquio para que me concedan al menos una.
                                             
En Colombia, país de ritmos,  melodías y cantos propios, la identidad, la tradición y  el folclor, alma del pueblo, también enfrentan la globalización. Son tiempos en los cuales crecen las quejas y lamentos por ausencias de los medios de comunicación, especialmente electrónicos, en la divulgación o apoyo a uno u otro valor musical genuino o tradicional. Algunos pueden ser validos, a la luz de las responsabilidades y de los compromisos sociales y  culturales. Sin embargo,  individualmente,  preguntémonos primero si como personas de estos tiempos de cambios increíbles, atendemos nuestra responsabilidad personal de ser multiplicadores. ¿Contagiamos en nuestro entorno el gusto por las tradiciones, ritmos y melodías?  

Unidos somos más importantes que un medio de comunicación o  individualmente si divulgamos y respaldamos desde nuestros hogares, escuelas, colegios, universidades, sitios de trabajo y descanso o diversión. ¿Ustedes lo hacen?  ¿Multiplican?  Pregúntense cada uno de ustedes qué hace por difundir la música colombiana. La inquietud está dirigida, obviamente, no a creadores, sino a los seguidores, con un gusto musical bien nacionalista.

Como comunicador social periodista, tengo  la responsabilidad  y el compromiso de defenderla y promoverla por su extraordinario valor cultural.

Traigo de distintas épocas algunas percepciones directas sobre realidades de la vida colombiana, para responder una sola pregunta: ¿Que le  pasa a la música  colombiana?  

Con humildad y alegría puedo decir que he  vivido la música colombiana, desde la época del emblemático tranvía eléctrico.  El que partía de Guayaquil –centro de comercio, radiolas, sexo y bohemia barata-  y se desplazaba, en ese entonces, por sus relucientes rieles de acero  a Aranjuez, América, Buenos Aires y Manrique, los barrios más alejados en Medellín. Salía del mismo vibrante  centro de Guayaquil, en  la Plaza de Mercado de Cisneros, contigua a la Estación  a donde   llegaban o partían también los trenes del histórico Ferrocarril de Antioquia  con inmigrantes y emigrantes   del norte y del sur.  No tuve la fortuna   de conocer  los primeros tranvías  de tracción animal, de fines del Siglo XIX y comienzos del Siglo XX.   Medellín ya despedía su condición de aldea, y sus 300 mil habitantes  escuchaban fascinados la música por  las seis emisoras locales.
                                                                       
Pero muchísimo antes de la radio, es decir antes de la maravillosa conquista de las ondas hertzianas por la voz humana, antes de los vuelos de aviones, de los tranvías eléctricos y de mi nacimiento, Colombia  había dado el más gigantesco salto en su desarrollo musical. En ese marco,  se produjo  la primera gesta multiplicadora incomparable, relatada por investigadores y periodistas como Hernán Restrepo Duque.   

En Foros de esta dimensión cultural, es una obligación conmemorar, con elevada veneración,  la llegada del bambuco colombiano a Cuba y de su reexportación,  hecha por el celebre dueto habanero Floro y Cruz, en 1907. Recordar también  su recorrido  anterior por Costa Rica, y después por Nicaragua, Honduras, El Salvador y, finalmente, su penetración en México, desde Mérida la capital de Yucatán, que llegó a recibirlo y acogerlo como suyo  en 1908. Fue la sólida  plataforma internacional  que permitió alcanzar  a Veracruz, ciudad de México, (1911) Guatemala (donde  conoció a Pedro Morales Pino en1912),  Nueva York en 1915 y Nueva Orleáns en 1916.

El celebre poeta y escritor Porfirio Barba Jacob (Ricardo Arenales) escribió para la prensa mexicana una bella crónica en la cual consideró el recorrido conquistador del bambuco como  verdadera hazaña histórica de sus autores.

Y el  creador principal de semejante hazaña, de tal salto histórico, fue un hijo de nativo y española, andariego, bohemio, conversador infatigable, músico por excelencia, compositor, cantante,  sastre, cocinero y cantinero  por necesidad. Pedro León Franco Rave, (los dos apellidos de sus abuelos maternos) nacido en Medellín el 12  de enero de 1867 y  fallecido en la misma ciudad  abrumado por la pobreza cuando acababa  de cumplir 85 años, en enero de  1952, se apodó el mismo como Pelón Santamarta. Pelón, una contracción de Pedro León y Santamarta, en homenaje al apodo de su padre biológico, también músico empedernido y sastre remendón.

Con su tiple, voz atenorada y su compañero de dúo, Adolfo Marín  (Pelón y Marín, “Los trovadores colombianos”)   conquistó  las audiencias.  “El Enterrador” y “Asómate a la Ventana”, fueron punta de lanza y  los  primeros  grabados   por la Columbia y luego por la RCA Víctor.

El Enterrador, se le adjudicó inicialmente al poeta Julio Flórez, luego a  Carlos Romero y finalmente al antioqueño Adolfo Marín. Por razones de calidad técnica fue grabado nuevamente por uno de los más grandes duetos de Colombia, Luciano y Concholón.  Un éxito durante 40 años                
                                                          
                                             EL ENTERRADOR

Enterraron por la tarde
la hija de Juan Simón.
Era Simón, en el pueblo,
el único enterrador,
el único enterrador (bis)

El mismo a su propia hija
al cementerio llevó
el mismo cabo  la fosa
murmurando una oración (bis)

Y llorando como un niño
Del cementerio salió
Con la barra en una mano
Y en el hombro el azadón (bis)

Y todos le preguntaban
De donde viene Simón
Y él, enjugando sus ojos,
contestaba a media voz
soy enterrador y vengo
de enterrar mi corazón

Pelón, antes y después de su inolvidable y formidable conquista internacional, llevó el aire paisa al Valle, Cauca, Cundinamarca,  Boyacá  y Santander y, de esas regiones, tomó lo mejor para darle una  identidad más bella al ritmo,  a la melodía y  a la expresión vocal genuina.  En su tierra, Antioquia, quedó en la memoria principalmente  por la composición musical de “Antioqueñita”,  himno a la belleza femenina del poeta Miguel  Agudelo y por el canto infaltable en las serenatas “Por ti he perdido la calma”.
                                                                          
Cierro este fascinante capítulo del primer monumental salto internacional del bambuco y vuelvo a nuestro periplo con la inquietud del periodista: Con las tecnologías de hoy, ¿qué sería capaz de alcanzar el gran creador y  multiplicador  Pelón Santamarta?  ¡Imaginémonos!!

Es bueno recordar también que los albores de la música tradicional  se vivieron más allá de los históricos acontecimientos de la independencia de la Patria, cantados, bailadas y festejadas con bambucos y pasillos.

No hubo, por desgracia,  periodistas en la época que  escribieran la historia de la forma como se produjo la inspiración inicial bambuquera, ni de la posible fusión de cantos y melodías traídas para sus fiestas por españoles y esclavos negros ni de las autóctonas, surgidas en las pequeñas aldeas mestizas y nativas. Está establecido  que el bambuco – así como el pasillo – se escuchaba y bailaba mucho antes de la  independencia.  Un investigador musical del siglo XVIII aseguró que el bambuco había nacido en la octava década  del siglo XVII, en plena revolución de los comuneros.

Y en la recta  final de  la primera década del Siglo XXI –la que vivimos– el bambuco sigue envuelto en belleza, afecto, admiración, y cobijado por misterios cautivantes. Misterios que comienzan con su  origen,  época de nacimiento, nombre del ritmo,  desnivel de ritmo o del compás del  ¾, el fracaso para suplantarlo por el 6/8,  y la desaparición de su danza primitiva.

Sí se cree  lo que dicen  prestantes investigadores del folclor,  primero fue el canto emigrado de planicies a montañas, luego la danza original –ya desaparecida- y, finalmente, la música.  Ojalá sigan las investigaciones y los misterios. Ellos forman parte del  bambuco. Pero el bambuco es tan colombiano como todos los que hemos nacido en estas tierras benditas.                                                                                          
                                                     
Lo que se sabe  bien es que al nacer en  Colombia,   la radio  asumió  su  compromiso de  gran difusora de la música  nuestra.
Primero, la Radio Nacional  en 1929 por iniciativa de su director, el intelectual Daniel Samper Ortega, creó un selecto grupo  de   tiple, guitarra, violín y piano que a las seis de la tarde, de lunes a viernes,  ofrecía  Conciertos de música colombiana. Y, luego,  desde diciembre del mismo año, la primera emisora comercial de Colombia de Elías Pellet Buitrago, La Voz de Barranquilla, presentaba Conciertos vivos de música nacional, encabezados por bambucos y pasillos, la tendencia en el gusto del momento.
                                                                                    
Más de 20 años después,  en mi  casa de Manrique Central, al  anochecer, se le hacia corrillo  a  un radio  Pilot.   Su  música embrujaba. Se vivía el esplendor del primer  periodo  del bambuco moderno.

Comencé a vivir  intensamente las sentidas notas del tiple,  cuando llegué a la adolescencia y  gracias a la radio que cautivaba por su  nacionalismo,  al terminar la primera mitad del siglo XX,

En el día –las emisoras   trabajaban de siete de la mañana a diez de la noche- repetían con regularidad los pocos bambucos grabados y en la noche el ambiente se   llenaba de notas vivas  de violines, pianos, guitarras,  tiples y voces  con cantos de  bambucos. La solemnidad inolvidable de un hombre invisible, metido en el caparazón del receptor, de voz y dicción perfectas, anunciaba el nombre de la  canción y  autor. El bambuco era ya rey en el gusto popular.                      

Entonces, lentamente, comenzó a  surgir la  competencia no sólo  para su majestad el bambuco  sino  para los  valsesitos,  las contradanzas y  los pasillos, estos últimos nacidos en La Candelaria, el primer y más bello barrio  de Bogotá.  En el sonido florecían boleros de  Cuba y de México,  el tango y la milonga de Argentina que no se reponían de la muerte trágica de Carlos  Gardel y la ranchera de México, promovida por el nuevo  cine sonoro.                                         

Al mismo tiempo, la radio comenzaba a globalizar la música y todo. Imperaban el cambio acelerado y la innovación. Un fenómeno real y trascendental en la vida del hombre. La Voz de Antioquia, líder en Colombia y La Voz de Medellín su más fuerte competidora, dedicaban   parte amplia de su programación  a la música nacional, unas veces interpretada por las orquestas propias  bajo las batutas de los inolvidables Pietro Mascheroni y José María Tena y otra, por grupos o duetos que tenían sede propia en el Café  del Capitán López, al frente de la Alcaldía de Medellín.

Ecos de la Montaña  transmitía esencialmente  música colombiana y en la noche entrevistaba  músicos y cantantes que visitaban la ciudad, como  Carlos Gardel. Las emisoras que hacían diferencias, alternaban los bambucos y pasillos con  boleros o  tangos. En Bogotá, Ecos del Tequendama del compositor Jorge Añez sólo transmitía bambucos, pasillos, contradanzas y valses.
                                                                         
Un periodo de oro de  melodías y ritmos autóctonos con  tiples, guitarras y  hermosos cantos a la mujer, al amor y desamor,  al sentimiento, a la naturaleza,  a la patria, a los pueblos, a las ilusiones, tristezas y alegrías.   Canciones que dieron vida de las programaciones radiales y a los discos que giraban en vitrolas de tiendas y en “traganíqueles” de cafés y cafetines. En escasos momentos  aparecían algunos  ritmos  marcados por tambores y gaitas provenientes  de pueblos del  norte del país.  

Primero el Concierto Fabricato, más adelante el Concierto Glottmann, la Alfombra Mágica  con la Orquesta Emilio Murillo dirigida por Francisco Cristancho, Coltejer Toca a su puerta, el Teatro del Aire Coltabaco y Música de Colombia con las grandes orquestas de  Oriol  Rangel  (1916 a 1977) y de Jorge Camargo Splidore (junio 12 de 1912 a 29 de enero de 1974) hicieron del  bambuco la razón de ser de emisoras  que formaban  las cadenas Bedout, Bolívar y Kresto, y luego RCN, Caracol,  Todelar y Radio Santa fé.                                       

Bambucos y pasillos, los contenidos de la radio, consolidaron el patrimonio cultural, al  terminar la primera mitad del Siglo XX.
 
Con  gran gozo y orgullo intenso de colombiano puedo afirmar que viví  la primera  época de oro de la música nacional.

Cuando llegué como periodista a Ecos de la Montaña,  la emisora más colombiana del momento y por mucho tiempo una radio ejemplar, sólo trasmitía  bambucos que complementaba esporádicamente con  valses,  pasillos, una novela nacionalísima, Tanané, relatada por el inolvidable y más grande de los grandes locutores del país, Luis García, y un noticiero únicamente con noticias positivas de Colombia, dirigido por Humberto de Castro.  

Luego la novedosa idea  de  transmitir  música por géneros desató un oleaje de imitación  -o clonación como dicen ahora— y la primera guerra de programaciones radiales no sólo en Medellín, con La Voz de Antioquia, Emisora Siglo XX y La Voz de Medellín, sino en todo el país.
                                                                                                                                       
Las principales emisoras organizaron orquestas propias, contrataron solistas tan famosos como Carlos Julio Ramírez y Luis Macias, e intérpretes o bambuqueros maravillosos como Briceño y Añez (el compositor), Samuel y Augusto, Fortich y Valencia, Ospina y Martínez, los Hermanos Hernández (Gonzalo, Héctor y Francisco) Obdulio y Julián, Espinosa y Bedoya, el Dueto de Antaño y Garzón y Collazos. Algunos comenzaron a grabar bambucos en las primeras fábricas de discos establecidas en Colombia por la emisora Siglo XX, en Medellín.

Una época histórica e irrepetible de la radio y de la música nacional. Colombia  era una sinfonía de aires y de cantos propios. Al terminar la luz solar del día, las  noches comenzaban en los radioteatros. Cada emisora presentaba el mejor concierto de orquestas, estudiantinas, coros,  quintetos, tríos, duetos y solistas, –barítonos, tenores y sopranos-, como la maravillosa Alba del Castillo.  El amor y la pasión, alentados por bambucos colmados de ternura y melancolía, se tomaron también  las retretas dominicales en los parques  y  las serenatas al pie de las ventanas de las casas.

Casi sin excepción, las veladas se abrían y cerraban con aires nacionales. Igual las emisiones diarias de las emisoras. En ese marco de espectáculo radial, fueron apareciendo más y más artistas y orquestas  de otros países, especialmente  de Argentina, México y el Caribe que deleitaban al público, como el celebre médico Jorge Ortiz Tirado, el famoso Juan Arvizu  y don Pedro Vargas, un hombre muy tímido que a todos los aplausos respondía siempre “muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido” La globalización estaba en marcha, cada vez más acelerada.

Tiempos de globalización los años 50s que no impidieron la consolidación del bambuco como eterno  patrimonio  musical.                    
Un par de años después de comenzar la segunda mitad del Siglo XX,  en el desaparecido “Diario de Colombia” de Gilberto Alzate Avendaño,   establecí amistad con el  narrador  Carlos Arturo Rueda C, director de la página deportiva del periódico y de  los espacios deportivos de Emisora Nueva Granada, en la cual, a las doce del día, tenía el  espacio musical“La canción del día”. Rueda, de madre costarricense y padre colombiano, prefería  los boleros  y, un poco menos las rancheras y los tangos.  Mencionaba también los nombres del compositor, cantante, orquesta o grupo vocal, y una anécdota.
                                                          
Un día  le dije: Campeón,  a su espacio  y a la emisora le convienen darle oportunidad al bambuco, al pasillo o a la guabina. Hay temas románticos muy hermosos.  Su respuesta fue inmediata: ¡dame nombres!
Me convertí en  programador secreto de bambucos de la época hasta cuando me fui  a trabajar a “La República”.
 
Aprendí entonces que la radio era también receptiva y que, a pesar de mantener un liderazgo nacionalista en su programación, necesitaba  gente más amante de nuestra música, porque  el  bolero, el son,  la ranchera  el tango y el fox  eran impuestos  en el corazón y gusto de los colombianos.

Después de fundar los servicios noticiosos de Caracol en 1955, le propuse al presidente de la empresa, Fernando Londoño Henao, -un risaraldense ejemplar-, establecer un espacio para hablar con los  compositores e intérpretes de la música nacional. Con el director de la Cadena, Carlos Pinzón, apoyó  el programa “Adiós Domingo”.
                                                     
Al mismo tiempo, RCN le tendió la mano a compositores e intérpretes nacionales con un programa que cobró fama inmediata: “Donde Nacen las canciones”, animado por dos talentosos interpretes, Víctor Hugo Ayala y Alberto Osorio. Y fueron creados otros programas como “Serenata Colombiana”, “Amanecer Colombiano”, “Gala Colombiana” y “Radiolente” de Hernán Restrepo. Los  primeros programas  en encarar  la globalización que  ya le usurpaba espacios a la música tradicional con  el bolero  y el son de Cuba, la balada, el rock norteamericano, la salsa portorriqueña o neoyorquina, el pasodoble y las rancheras.

Colombia tenía ya en su historia musical un gigantesco  primer salto internacional. Pelón Santamarta, había inspirado también el bambuco  yucateco y  después una enorme innovación del tiple. Alfredo Gil, el integrante líder del “Trío los Panchos”  al conocer el tiple se le ocurrió la idea de hacer el  requinto,  instrumento de cuerdas  que embelleció el bolero.  

En medio de la invasión musical internacional y en la antesala de la mejor época mundial del bolero nacido en Cuba a fines del Siglo XIX y popularizado por México en el Siglo XX, el bambuco enfrentaba la competencia, en su segunda etapa, gracias a la aparición de nuevos compositores que sucedieron, entre otros, a Santamarta, Añez, Orozco, Emilio Sierra, Vieco, Emilio Murillo, Tartarin Moreira y Morales Pino.
                                                                                                 
Las nuevas  canciones inmortales fueron creadas, entre otros, por Jorge Molina, Álvaro Dalmar, Jorge Villamil, Rafael Godoy, Luis Carlos González, Luis Uribe Bueno, Héctor Ochoa Cárdenas, Isabel (Chava) Rubio.  Algunos de ellos participaban de cuerpo presente en las mejores bohemias que se recuerdan en Colombia. Yo participé en la que presidía regularmente los sábados, José A. Morales, en un cafetín no  muy lejos de una emisora. Su felicidad era que  cantara con él, Pescador, Lucero y Rio, de su autoría, “Señora María Rosa” y” Allá en la montaña”  de Efraín Orozco.

En el intenso ambiente de cambio e innovación impuesto  por la competencia radial, sorprendentemente, surgió otra música  colombiana: la cumbia del Bajo Magdalena,  el porro  de Las Sabanas y el vallenato festivo del mono y celebre Guillermo Buitrago  Con fuerza propia y respaldada por la radio y el público,  la cumbia y el porro salieron de las fronteras.

En Iberoamerica ¿Dónde no se  bailo porro o cumbia?
    
Antes había  comenzado el segundo de los tres grandes saltos históricos de la música colombiana al exterior, con desplazamientos de orquestas enteras. Después de un fugaz recorrido por Centroamérica, Efraín Orozco Morales se fue  para Buenos Aires con su Orquesta de las Américas. Un éxito al ejecutar música colombiana,  durante casi 20 años en el corazón del tango.

“El Regreso”  marcó uno de sus  bellos bambucos de siempre:

Un día,  tras larga ausencia, volví a mis lares,
cabalgando al  lomo de mis lejanos recuerdos.
Y al volver otra vez,
en mi mente quedó grabado
el paisaje azul de la edad primera.

Que lindo es volver, al solar  nativo,
y poder recordar,  con los viejos amigos,
la dulce infancia,
La pelota de trapo, el barquito de papel,
La encumbrada cometa pide y pide carretel
                                                
He vuelto a escuchar la voz del riachuelo,
la mirla  gorjeando en la copa florida del arrayán
y en la torre del pueblo, mil campanitas
que cruzaron el cielo,
con las notas de mi cantar.
                                                        
El segundo salto memorable emprendido por Efraín Orozco fue agrandado por el dueto más internacional  de Colombia en todos los tiempos: Fortich y Valencia. El costeño  (Gustavo) Fortich, primera voz, vivió varios años en Buenos Aires y el chocoano (Roberto) Valencia, segunda voz, se quedó en la capital argentina. Antes de disolverse el dueto, grabó 70 discos con bambucos, pasillos, porros y algunos temas cubanos y mexicanos. Sus presentaciones en Buenos Aires fueron de éxito continuo.
                                                                       
En la mayor etapa de internacionalización musical, Colombia multiplicó directamente su música. Luis Pérez Cedrón, Auto bautizado Lucho  Argaín,  con su famosa Sonora Dinamita, se instaló en México, impuso la cumbia y  grabó un centenar de temas  entre ellos Si Te vas de ronda y se me perdió la cadenita. De la “Sonora Dinamita”, se desprendieron tres “Sonoras”  de  colombianos.  Algunos, en ese país, llegaron a decir entonces que la cumbia era mexicana.

Otros colombianos  fueron grandes en México.  Marco Rayo y Los Corraleros de Majagual, en los tiempos jóvenes de Alfredo Gutiérrez y Calixto Ochoa, hicieron toda una época con las cumbias cienagueras. Casi al mismo tiempo, en toda América se bailó otro ritmo nacional  aunque  fugazmente: El merecumbé del costeño Pacho Galán.

El éxito  de las canciones colombianas era de tal  altura que dos famosas orquestas argentinas, la de Don  Américo y sus Caribes y la de Eduardo Armani, grabaron  cumbias y porros. Argentina recibió otras orquestas colombianas como la de Lucho Bermúdez, y  grupos tan celebres como Wanwacó de Hernán Rojas, quién se quedó viviendo en Buenos Aires, y a Julio Cesar,  Bovea y sus vallenatos. Y reconocidos poetas y músicos colombianos compusieron hasta  tangos que fueron  famosos. Uno de ellos“Lejos de ti”, de Julio Erazo, lo grabó el cantor argentino Raúl Garcés, también violinista, en su  conjunto Los Caballeros del Tango.  
                                                     
Otros tangos  de  autores colombianos, entre ellos Cruel incertidumbre, de Abel Salazar, lo grabó el  gran Pepe Aguirre; Son de campanas y En la calle, de Libardo Parra Toro o "Tartarín Moreira", los grabó nada menos ni nada más que Agustín Magaldi; Viejo carrusel, de José Barros, fue grabado entre otros por Carlos Dante; El brujo, de Eduardo Carrasquilla Mallarino, grabado por Carlos Gardel y Cuesta abajo, de Alfonso García, de Pereira, del mismo nombre pero distinto en su letra al Cuesta abajo original de Gardel, grabado por Ricardo Herrera con la orquesta de Enrique Rodríguez.   
La evocación sobre el tango es simplemente para significar la grandeza de la composición colombiana extendida a  canciones no genuinas, durante su segundo gran salto de internacionalización.

El primero en grabar en Argentina una canción colombiana fue Carlos Gardel.  Y no sólo lo grabó una si no dos veces, para mejorar  sonido. Mis flores negras de Julio Flórez lo cantó en el ritmo original de pasillo, según la historia contada por el periodista Rodrigo Pareja.   

Mientras la nueva música nacional, la caliente, la bailable, se convirtió  en un éxito en el exterior  y en medio de  la cada vez más fuerte  competencia interna, ritmos internacionales se apoderaron de muchas emisoras en Colombia. Mil 20 de Bogotá sorprendió con 18 horas de rancheras y corridos, y La Voz de Bogotá  programó sólo boleros  mexicanos, cubanos y argentinos  de lunes a viernes y   bailables caribeños los fines de semana.

Y la primera emisora colombiana en la banda de FM, Caracol Stereo impuso una programación de sólo música  anglosajona. Lo único que transmitía en español era el himno nacional en la mañana y en la noche al iniciar o terminar labores, y la identificación ordenada por la Ley. La globalización estaba en marcha plena.       

En el nuevo orden, el bambuco y el pasillo, comenzaron a desestabilizarse, aunque el fenómeno de la música colombiana se mantuvo con el porro, la cumbia, el merecumbé  y el vallenato.

El compositor de Pesares, un pasillo, y de cumbias magistrales como “La Piragua”,  José Barros, antes de partir para Buenos Aires expresó que “este es un momento estelar de la música colombiana. De toda la música colombiana.”
                                                    
Al final, la competencia radial  permitió intensificar la curiosidad y el gusto de las nuevas generaciones por los aires internacionales y separó  la atención de lo ancestral. El bolero asumió el reinado, amenazado a su vez por la balada. La cumbia y el porro entraron a ser acosados por la salsa. Las puertas quedaron  abiertas a la música del mundo, promovida por famosas orquestas,  cantantes o grabaciones que llegaban  a diario. ¿Qué cantante o cantantes importantes de América y de Europa no actuaron o enviaron grabaciones a  Colombia?

Hasta la eximia actriz francesa Brigitte Bardot anduvo por estas tierras y grabó un par de canciones nuestras, como “El Cuchipe”. En ritmo de bambuco fiestero, al estilo y con coplas populares boyacenses, lo conoció el mundo, mientras otros lo interpretaban como una guabina. Durante los primeros años, figuró con autoría anónima, luego  de Jorge Añez y cuando fue muy famoso se  le adjudico a Eduardo Gómez Bueno. En algunos pasajes la Bardot cambió  palabras para acomodarlo más a sus posibilidades.
                                             
                                                “El Cuchipe”

                          De Chiquinquirá yo vengo de pagar una promesa,
                            y ahora que  vengo santo dame un besito Teresa.

                         Hola Dolores, toma la llave, abre la puerta, prende la vela,
                            tiende la cama, dame un besito, qué hay de Cuchipe,
                                   qué hay de Cuchipe, qué hay de Dolores.
                           
                            El que enamora casadas siempre está descolorido,
                            será por las trasnochadas o por el miedo al marido.
Hola Dolores…

                     Las mujeres de mi pueblo no saben ni dar un beso,
                   en cambio las bogotanas estiran hasta el pescuezo.

Hola Dolores…

                          Chinita si me querés méteme tras de la puerta,
                           que tu mamá como es tuerta pensará que soy la tranca.

Hola Dolores…
                                                 
Un compositor mexicano de todos los tiempos, Agustín Lara visito el pías con la famosísima Maria Félix. Tocó piano,  cantó boleros y tuvo palabras de exaltación para nuestro bambuco.

Me voy a detener unos instantes en el periodo iniciado en los  años finales de la década de los 70s. La época internacional exuberante en música. Luego, responderemos la pregunta ¿Qué le pasa a la música colombiana?

Las percepciones en mi madurez personal y profesional cubren una etapa única. La más asombrosa en cambios  de condiciones de vida y  del comportamiento humano.  Casi todos, jalonados por el  increíble Internet facilitador, personalizador y masificador de  la comunicación inalámbrica, sin fronteras ni distancias.

Tan rápida ha sido  la evolución que muchos  no la hemos disfrutado en su plenitud. Paradójicamente, a veces, no nos hemos dado cuenta de los  avances que empujan  el  intenso diario vivir.

En el caso de la música, Colombia mantiene su rango internacional gracias a la luminosa creatividad de sus autores, compositores e intérpretes de  centenares de ritmos propios.
                                             
Cuando comenzó el periodo que aún vivimos, la música tradicional encabezada por el bambuco estaba en el peor laberinto de la competencia y ya también había sido destronado el gusto por  el bolero. La balada de España, Argentina o México era la soberana. La cumbia y el porro estaban casi desaparecidos.  La Reina bailable   era la salsa, llegada de Puerto Rico y Nueva York y asentada especialmente  en Cali. Luego el pop y el rock tumbaron la balada de su pedestal  y el vallenato, el reggaeton,  el rap entraron a  ocupar espacios de la salsa.
                                  
En medio de los  colosales cambios, Colombia emprendió su tercer salto musical internacional, conquistador y multiplicador. En la antesala, el vallenato se había tomado  ciudades y regiones nacionales. No le fue fácil. En un concierto gratuito organizado por Caracol  en el estadio Nemesio Camacho El Campín, Bogotá  le abrió las puertas. Luego, con dificultad, entró a Medellín y finalmente a Cali, para mencionar algunas ciudades.
                                                                                                       
El  tercer salto internacional multiplicador lo emprendió Carlos Vives, cantando  vallenatos enriquecidos por notas e instrumentos no tradicionales. El salto alcanza ya alturas no imaginadas, gracias a nuevos o evolucionados ritmos nacionales, a propuestas populares, agresivas  o creativas fusiones de Juanes, Shakira,  Fonseca, Darío Gómez, Andrés  Cavas, Jorge Celedón, Andrés Cepeda, Silvestre Dangond,  Peter Manjares y Fanny Lú, entre otros.

Para responder la pregunta, puedo decir entonces que a la música colombiana le han pasado y le  están pasando cosas maravillosas.

Nuestra música se internacionalizó. Nuestra radio también se internacionalizó. Todo se  globalizó.

Pocos países como Colombia han exportado su música con tanto éxito. Primero el bambuco, luego el porro, la cumbia y el merecumbé. Y  en años más recientes  la  salsa  buena y  ritmos del Pacifico y de la Costa Caribe.

Pero lo más maravilloso es el proceso interno, colmado de realidades y  esperanzas. Realidades, como los esfuerzos de gobiernos nacionales y regionales por apoyar la tradición musical, a través del Ministerio de Cultura y Secretarias de cultura y turismo. Las generaciones actuales y futuras  aplaudirán y  reconocerán  a los gestores con nombre propio. Pero falta más esfuerzo. Mucho más.

Realidades como el funcionamiento de Escuelas de formación musical en pequeños y grandes municipios, en donde se entiende que, prioritariamente, hay que enseñar y dar vida a la expresión genuina, base del desarrollo artístico del país. Y el fomento de las escuelas de bandas musicales. Pero el esfuerzo es insuficiente. Realidades en el trabajo de Fundaciones que promueven acertadamente el conocimiento, la promoción y divulgación de nuestros aires, como lo hace la Fundación Luis Carlos González con el Concurso Nacional del Bambuco. Realidades como la apertura de asignaturas de música tradicional en escuelas y colegios privados que incuban para siempre el conocimiento y el amor por lo nuestro. Realidades como los Festivales de Música, Folclóricos y de Danzas.  Realidades que se ven, se sienten y se escuchan como el Gran Concierto Nacional  realizado en diferentes ciudades y poblaciones en julio pasado. Un ejemplo fue el de La Ceja Antioquia. Emocionante verlo y escucharlo por la televisión.   Hermoso espectáculo de niños y jóvenes interpretando la música tradicional.
                                                                                                 
Realidades como la llegada definitiva de nuestros aires más amados al escenario sinfónico. Otra demostración de que las notas genuinas merecen su interpretación por  los 96 músicos de la Orquesta Filarmónica de Bogotá.
   
En fin, también vivencias  supuestamente adversas para ser encaradas con inteligencia. En estos tiempos internacionalizados, es posible que no se vuelvan a escuchar programaciones radiales constantes de música tradicional,  parecidas a  las emitidas en  las décadas de los años 30,40, 50 y 60. Salvo que nuevas propuestas obliguen a reconsiderar el silencio. Nuevas propuestas podrían ser secundadas por grandes y exitosas campañas como las que realizamos a partir de los años 80 en RCN:  Primeras elecciones musicales de Colombia. Al rescate del Bambuco, El bicentenario del pasillo, Colombia elige los mejores compositores de su historia, Vuelve la Serenata,”Cántele a Colombia en RCN”, “Viva el amor” con las canciones colombianas más sentidas, “Los hombres de la música colombiana”.”El año del porro y la cumbia” y “Los 100 grandes interpretes en la historia, Etapa inolvidable de buen nacionalismo  que apoyó el desarrollo económico y social en todas las manifestaciones folclóricas desde la Guajira al Amazonas y del Chocó a Casanare, de 1984 al 2005.   

Antes de avanzar más en el maravilloso proceso interno actual, lleno de esperanzas, otra pregunta concreta: ¿Cuáles esperanzas? Las  que están en cada uno de nosotros para rescatar el sentido de pertenencia  por el bambuco, para restablecer la capacidad de multiplicadores, para reafirmar el orgullo por  nuestra música que está  en el aire, en todas partes, gracias a la tecnología, a la creatividad, al tiple, y a voces memorables desde hace 81 años  y en el  alma del pueblo, desde antes de la independencia.   

Si uno o algunos medios mantienen silencio sobre la música tradicional, multipliquemos directamente  conocimiento y  amor por este valor  grande de nuestra cultura. No enjuiciemos ni generalicemos responsabilidades. Los medios no son, muchas veces, responsables del silencio o desinformación. Son quienes tienen a su cargo la información  e ignoran  las manifestaciones auténticas de sus pueblos o comunidades. Si esas personas  son periodistas, no cumplen entonces con  la responsabilidad social y cultural. Y si son administradores, no tienen la culpa porque no son periodistas. En esas eventualidades,  miremos también a Internet. Su oferta de contenido, entretenimiento artístico y poder multiplicador es asombrosa. Internet es un poder infinito de  información. Es  el futuro en el presente.
                                                   
Eventos que aportan al desarrollo social y económico, a la diversión, a la cultura, a la historia, al conocimiento, a la consolidación de los valores nacionales y que, en general, construyen futuro sólido para el país, merecen la atención juiciosa de los comunicadores sociales de información y opinión. Es una falla muy grande no informar bien ni opinar sobre estos eventos. También la información superficial, aquella que se limita al número de participantes y a la escueta programación, es decir a la información sin  investigación ni profundidad en fenómenos y tendencias de las actividades y aspiraciones artísticas de nuestro pueblo.

Si hiciera una investigación  directa con los participantes de todo el país en este  Concurso Nacional del Bambuco Luis Carlos González, seguramente  obtendría excelentes  respuestas de interés general con preguntas como estas:   En este siglo XXI a que le cantan más los colombianos con su música ancestral ¿A la mujer?, ¿A la  paz?, ¿A la violencia? ¿A la tierra?, ¿A las regiones? ¿A la naturaleza? , ¿Al desamor?, Otra pregunta: ¿Mantiene el bambuco su expresión machista? En su región ¿cual es el porcentaje actual de intérpretes femeninas? Más preguntas: En su ciudad ¿Buscan nuevas propuestas de interpretación del bambuco? ¿Cómo son las propuestas? ¿Hay compositores  nuevos? Son muchas las preguntas para descubrir fenómenos y tendencias alrededor de nuestra música tradicional, de nuestra cultura.

El amor por lo nuestro, por nuestra patria y sus valores nacen con nosotros. Y si es comunicador periodista de información no puede ni debe olvidar que el se debe a la comunidad y no la comunidad a él. En asuntos de la cultura y más concretamente del folclor, su buen juicio y buen criterio tienen que responder al gran compromiso  social.
                                               
Si se trabaja en los medios periodísticos, hay que multiplicar responsablemente en forma colectiva y, si no se es comunicador social, hay que  apoyar con afecto, audiencia y lectura a quienes hacen  la información y comentarios en la radio, la televisión y la prensa.

Multiplicar en  la navidad  y  en las recepciones  de cumpleaños, amistad  o de familia, es otra estrategia. Regalar música colombiana. O regalándola  para nuestro hogar y escuchar  en familia,  al  almuerzo o al llegar la noche. Es una experiencia fantástica. Si tenemos familiares en el exterior, enviémosles discos. Y si viajamos llevémosles bambucos.
                                                                                            
Jamás olvidaré el emocionado abrazo de gratitud de un funcionario de la embajada colombiana en  Tokio cuando  visité esa  capital japonesa hace algunos años y le regalé  la colección de Obdulio y Julián.

La oferta de CDS es extraordinaria. Hace dos días recorrí almacenes, para establecer el panorama de  bambucos, pasillos y guabinas. Quedé sorprendido por las disponibilidades para regalar o disfrutar en familia.

Paquetacos o colecciones de CDS

100 Temas
Colombianos
Incluidos, en esta obra, Mono Núñez
                                                                                    
Historia cantada y contada
La Música Andina Colombiana    100 canciones
                           (Producción de Juan Carlos Mazo)

La Gran Rondalla Colombiana.
Lo mejor de la música nacional
Rumores de Serenata
                                    
La Gran Rondalla Colombiana
A mi Colombia.  (Incluye cancionero)

VIVE
La música colombiana
Bambucos y pasillos de colección.

Obdulio y Julián
(Uno de los más importantes duetos en la historia de la música nacional. Surgió con fuerza a fines en los años 40 y se inmortalizó con sus interpretaciones en la radio y el disco en las dos décadas siguientes)
Grandes Sucesos de la Música Colombiana. El repertorio –como en muchísimos otros– comienza con La Ruana y tiene los créditos para Luis Carlos González y José Macias. Serie de CDS.

Dueto de Antaño
(Uno de los más aplaudidos e históricos duetos, fiel intérprete de bambucos, pasillos y de aires internacionales famosos) Canciones colombianas de éxito.
                                                     
Serie de CDS.
Garzón y Collazos
Colombia y su música.
Selección de selecciones que nacieron no sólo en el Tolima Grande, sino en toda la nación por  inspirados compositores.
Serie de CDS.

Gómez y Villegas
Un dueto privilegiado  en voces y  talento de la expresión musical.
Lo mejor de Colombia.
Serie de CDS

Los inolvidables                             
Silva y Villalba
Colección entrañable de amor en ritmos de bambucos, pasillos y valses.
Serie de CDS

José A. Morales
Sus canciones, sus intérpretes.
Una obra extraordinaria.

Los Ayers.
Mi Tierra
Selección de canciones andinas colombianas.

De las últimas generaciones de intérpretes, sobresale la producción
Los Hermanos Tejada
Sentimiento Nuestro.
Una obra que cierra el repertorio  con un bambuco para todos los tiempos:

Volveré a cantarte.
Cantares de Colombia
Mi tierra
Obra maravillosa. Ha vuelto a los mostradores. Su origen es inolvidable. Un día se reunieron tenores, sopranos, barítonos, bajos y los mejores cantantes populares de Antioquia. Se pusieron de acuerdo con los nombres de los bambucos y pasillos más bellos y los grabaron  una decena de  discos de larga duración, como gran legado a todas las generaciones. Ahora aparecen en CDS.                                           
                                                   
También figuran las grabaciones inmortalizadas en la voz de
Carlos Julio Ramírez.

Pero hay otras producciones excepcionales:

Colombia siempre Colombia
Clásicos de la música colombiana

Colombia de exportación (3 CDS)
Colosos de la música colombiana
                                                            
Las 100 canciones más bellas de Colombia
Colombia es pasión. 100 joyas de nuestra música.

Colombia es pasión. Más de  120 joyas de nuestra música Vol. 2
Vive a Colombia con pasión. Vol. 2

50 joyas de la música colombiana
Duetos de Colombia
                                                       
Silva y Villalba, Garzón y Collazos, Dueto de  Antaño, Obdulio y Julián, Dueto Nocturnal, Hermanos Martínez

ANDES colombianos.
20 Joyas de la Música Colombiana
Colombia y su  música tradicional  (3 DCS)
Las 100 colombianas más recordadas, más dedicadas, mas vendidas y más sonadas.
Colombia tierra querida
50 joyas de la música colombiana

Recordaciones colombianas
Grandes intérpretes de canciones inmortales.

Joyas de mi tierra
Orquesta Filarmónica de Bogotá
Con gran éxito, alista ahora su tercera serie.                                                       
                                                        
Los colombianos tenemos  música hermosa para todos los gustos y momentos. Pero,  su presente y futuro, dependerá del compromiso y respaldo. Del apoyo de cada uno de los colombianos para la creación, producción  y difusión. Una de las  Leyes del periodismo dice que para cumplir objetivos (de información), hay que insistir, persistir y nunca desistir. Apliquemos  esa Ley, para que el bambuco siga en el CD, como protagonista.  Comprémoslo en apoyo a la música, autores, intérpretes y casas productoras. Hay que hacer otras pocas cosas, como por ejemplo:  

Volver  a las serenatas de amor, a las bambuqueras. Nada más sentida que una serenata de bambucos  a la esposa, a la novia, a la hija que cumple años o se va a casar. Las serenatas bambuqueras tienen el misterio de llegar rápidamente al corazón.

Estimular las nuevas propuestas melódicas, rítmicas y vocales innovadoras que, sin alterar el espíritu original, proyecten vigencia y futuro. Los grupos jóvenes que trabajan en esa dirección deben recibir más apoyo. La innovación respetuosa y creativa debe ser una constante en el mundo globalizado, de la transformación.
                          
Volver a editar  los famosos cancioneros,  guías extraordinarias para las fiestas o para cultivar el aprendizaje de las canciones, entre los niños y los jóvenes. El cancionero es un regalo inapreciable para la memoria misma del país y del pueblo.

Promover sin miedo la modernización de la danza. Que con gran creatividad, coreógrafos proyecten un baile que no sea solamente de polleras y ponchos con bellos desplazamientos en los escenarios, sino uno bien sencillo para las salas en los hogares, en las cuales jóvenes y adultos disfrutemos todo el bambuco: cantando y bailando.

Así, con motivaciones y acciones sencillas, estimuladas por el amor de Patria, debe  comenzar el cuarto salto multiplicador internacional de la música colombiana.

Al principio de esta charla  dije que tenía una idea sensata. En este instante  no se que tan sensata sea, porque tiene buenos visos de idea loca. Además, no es una sino  tres ideas. Muy sucintamente las expongo.                                             
Primera:

     En el  Bicentenario
     Voces mundiales en cantos colombianos.

Invitación de los colombianos a las casas disqueras para que en el Año del Bicentenario se unan y prensen un CD que  recoja, en un homenaje histórico,  a grandes intérpretes del mundo, que han cantado melodías de Colombia. Eventuales temas y artistas para tener en cuenta: El Cuchipe, Brillitte Bardot, de Francia,  La ruana, Paloma san Basilio de España, Acuérdate de Mi, Vicente Fernández, de México, Llamarada, Lorenzo Santamaría, España, Espumas, Olga Gluiullot, Cuba,  etc. Y de pronto temas estilizados de Paul Mauriat, de Francia, Caravelli, de Italia, Sinfónica de Tokio y Framk Pourdel etc.
                                             
La invitación puede ser canalizada por la Fundación o Fundaciones culturales, folclóricas y el Ministerio de Cultura. 

Segunda:

     En el Bicentenario
     Cantos a los próceres de la independencia

Invitación de los colombianos a las Cadenas de Radio y emisoras independientes para que en julio, en el mes del bicentenario, transmitan cada hora una canción, para recordar que después del grito de independencia la  celebración se hizo con bambucos y pasillos, la música original de Colombia.

Invitación a los canales nacionales y regionales de televisión para que ofrezcan separadamente, cada noche, en la misma semana, una serenata nacional de bambucos y pasillos en homenaje a la memoria de los próceres de la independencia.

La invitación puede ser canalizada por el gobierno o entidades privadas y oficiales que promueven la música nacional.
                                                
Y  tercera:

   En el Bicentenario
   Canto nacional de paz a la independencia de Colombia
 
Invitación de todos los colombianos a celebrar el Bicentenario en el marco del más grande  acontecimiento de la música tradicional: Canto nacional de paz a la independencia de Colombia.

¿Será que Juanes acepta la invitación de todos sus compatriotas para cantar sólo un bambuco que puede ser Soy Colombiano? ¿Será que Shakira acepta la invitación de todos los colombianos para cantar un sólo bambuco que puede ser “La ruana”? ¿Será que Vives acepta la invitación de todo el pueblo colombiano para cantar una canción genuina que puede ser “El Regreso”? ¿Será que Andrés Cepeda acepta la invitación de los colombianos para un canto de “Oropel” en la fiesta musical de la independencia? ¿Será que Jorge Celedón acepta la invitación de todos nosotros para cantar en el gran aniversario de la independencia  “El camino de la Vida”?  

Si aceptan, estarían en el centro de una programación histórica el sábado 17 o el domingo 18 de Julio, en la ciudad y horario que eventualmente definan los organizadores, dirigidos por la Consejería Presidencial para el Bicentenario de la Independencia y el Ministerio de Cultura. Eventuales dificultades para la presencia física de alguno de los grandes intérpretes invitados, pueden ser superadas con tecnología.

En el evento no se cantarían todos los bellos ritmos de la Patria.  Únicamente  bambucos y pasillos, con los cuales los patriotas celebraron el grito de  independencia, según relatos fidedignos de la historia.            

La programación tendría otros perfiles para hacerla diferente a lo   hecho  en el  llamado Concierto Nacional. Muy sucintamente,  por ejemplo:

1.Himno Nacional interpretado por la Orquesta Sinfónica de Bogotá y cantado en todas sus estrofas por un  invitado especial.  El tenor Víctor Hugo Ayala es el único que ha cantado   y grabado el himno completo. O también varios tenores,  barítonos y sopranos pueden turnarse para cantar una estrofa.
                                                  
2. Canto Nacional de Paz a la independencia con los finalistas de los  Concursos locales de cantores de bambucos y pasillos que se realicen  en mayo y junio en los 32 departamentos. Cada representación interpretar sólo una o dos canciones, coordinadas con los organizadores.

3.Cantos de  Bambucos históricos o estelares por cada uno de los ocho o diez más importantes intérpretes internacionales de Colombia, en el momento, con el respaldo de instrumentos tradicionales. Previamente escogidos, serán interpretados en el centro de la programación.
 
4.Soy colombiano  cantado por todos los grupos y cantantes en el cierre de la velada.
     
5.Edición de una gran  colección de CDs que permita garantizar la memoria sonora del evento.

No hay que  olvidar jamás que el bambuco es un aire con el cual los patriotas celebraron  el grito de independencia de Colombia.
                                                 
Llenos de esperanza y de orgullo, visualicemos la celebración del Bicentenario no sólo con discursos, foros, desfiles, bailes folclóricos y ofrendas, sino con la música genuina de Colombia. Con bambuco. El bambuco  símbolo natural de la Patria  y alma del pueblo colombiano.

Y concluyo lo expresado al principio de esta charla.

Antes o después de las conmemoraciones que viviremos en sólo 9 meses, demos el gran cuarto salto, en favor del bambuco. Hablemos, hablemos, hablemos más del  bambuco. Escuchemos, escuchemos más el bambuco. Soñemos, soñemos despiertos con el bambuco. Multipliquemos, multipliquemos, multipliquemos más el Bambuco, identidad de todos los colombianos.