13 de noviembre de 2019
Aguas de Manizales. Banner octubre de 2019.

«Tierra de leones», evocación nostálgica de Manizales

4 de octubre de 2009
4 de octubre de 2009

Desde la primera línea de la novela el lector se encuentra con una evocación nostálgica de la capital caldense. Veamos: “Leonardo Quijano observó las ruinas del viejo Palacio de Bellas Artes y juró ante los volcanes  reconstruirlo para gloria de los Andes”. Desde estos primeros renglones el lector sabe que el narrador está hablando sobre Manizales, tierra natal del escritor. Aparece allí, en primera instancia, el Palacio de Bellas Artes, una de sus construcciones clásicas. Así lo describe el narrador omnisciente: “Ahora el musgo que cubría sus paredes de granito, el polvo de las escalinatas y el estado deplorable de murales y pisos, le hicieron recordar sus viejos esplendores”. Luego el mismo narrador omnisciente nos habla sobre el viejo Teatro Olimpya, sobre la Estación del ferrocarril, sobre la imponencia de la Catedral, sobre el edificio de la Gobernación, sobre el Parque de los Fundadores, en una evocación nostálgica sobre su belleza arquitectónica.

El hilo argumental de “Tierra de leones” está centrado en el regreso a su ciudad, después de varios años de ausencia, de Leonardo Quijano, un personaje en la vida cultural de Manizales. Quijano trata de encontrar entre la gente de su entorno su propia identidad, perdida en sus viajes por el continente europeo.  A través de un narrador omnisciente que domina casi todo el texto, Eduardo García Aguilar nos va develando la existencia misma de Leonardo Quijano, su angustia existencial, sus momentos de lucidez intelectual, sus preocupaciones artísticas. El hilo conductor de la novela va llevando al lector por los mismos caminos que en vida anduvo su personaje central. Y nos muestra a Leonardo Quijano en sus momentos de gloria, cuando al regresar a la ciudad de sus ancestros es nombrado Secretario de Bellas Artes por el gobernador Cleofás Rebolledo. Desde esta posición Leonardo Quijano aspira a rescatar el buen nombre de la ciudad en el campo cultural, su pasado glorioso, su tradición literaria. Es así como promueve actos culturales, recitales poéticos, encuentros de escritores. Y simboliza su actitud con los tres camellos que recorren la ciudad de extremo a extremo ante la mirada estupefacta de las mismas autoridades. En “Tierra de leones” Leonardo Quijano es un ser humano que lleva a cuestas su fardo de nostalgias, sus sueños sin realizar, sus ilusiones truncadas.

La novela de Eduardo García Aguilar, el escritor más importante que tiene Caldas en este momento, toma a la ciudad de Manizales como tema central. Su historia, su vida cultural, sus personajes, su arquitectura, su geografía quebrada, aparecen en esta novela como complemento afortunado de su temática. La ciudad, aquí, llena los espacios geográficos. El novelista nos relata, en una prosa de grandes connotaciones artísticas, cómo fue el incendio de 1926 que prácticamente destruyó la ciudad, cómo se inició la construcción de la Catedral, de qué forma se celebró el centenario. Asimismo nos cuenta, con gran fuerza narrativa, cómo fue el terremoto que destruyó una de las torres laterales de la Catedral, cómo era la actividad política de una época determinada, cuál era su movimiento cultural. Nos habla, igualmente, sobre el Festival de Teatro, sobre la construcción del aeropuerto La Nubia, sobre la desaparición del Cable aéreo. En este sentido, “Tierra de leones” es un reencuentro con nuestra historia, con nuestras costumbres, con nuestros valores humanos. Porque en sus páginas se habla, sobre todo, de las cosas que identifican a la ciudad en el contexto nacional, de la permanente inquietud mental de sus gentes, de su propia identidad cultural. Sus personajes son sacados de la realidad misma. Y aunque el escritor les ha dado nombres diferentes a los de la vida real, el lector acucioso identifica fácilmente quiénes son esas personas que el novelista ha llevado a su creación literaria.

En “Tierra de leones” el manejo de las técnicas narrativas nos muestra a un escritor maduro, que domina los secretos de la novela. De la misma forma como maneja al narrador omnisciente lo hace con el personaje narrador, con dominio de la técnica. Aunque la novela es escasa en diálogos, cuando éstos aparecen en el texto son bien logrados, con mucha fuerza expresiva. Eduardo García Aguilar comprueba  aquí que es un narrador fornido, con calidad literaria, que sabe manejar los recursos del lenguaje. Las descripciones físicas de los personajes son afortunadas. Miremos este ejemplo: “Tenía los dedos y los dientes amarillos por la nicotina, las manos temblorosas, los ojos cubiertos por adiposidades opacas, el rostro inseguro, desencajado y su dicción gangosa, imposible, casi onomatopéyica”.  El personaje central de la novela, Leonardo Quijano, está muy bien retratado. La forma cómo el escritor nos va enseñando ese estado de degradación humana en que va cayendo Quijano víctima de su pérdida de la razón está excelentemente narrada. Eduardo García Aguilar toma partido en esta novela para cuestionar a una clase dirigente que ha manejado los asuntos administrativos a su antojo. El mismo surgimiento de un grupo  inconforme que se denomina “Los fundidistas”, integrado por personas con inquietudes artísticas, que condenan a la clase dirigente,  comprueba ese compromiso del escritor con la realidad política de su ciudad.