13 de noviembre de 2019
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Chaves

25 de octubre de 2009
25 de octubre de 2009

En cambio, el Chaves de Eduardo Mallea es un hombre raso, oscuro, del montón, carente de atavíos y caminante con la cabeza baja. No tiene ninguna tilde que le haga subir la mirada, ni el tono.

Otra gran diferencia reside en sus temperamentos opuestos. El Chaves de Mallea no habla, y cuando lo hace, casi no se le entiende. Es callado por naturaleza, aunque observador y analítico. Humilde, anodino, pero reflexivo. No habla, pero con su silencio pone a la gente a pensar. En el otro extremo, el Chávez de Venezuela es locuaz, agresivo, teatral, armador de guerras. Habla duro, a veces con voz de trueno, y otras, de histrión consumado. Esta bipolaridad resulta desconcertante, y por lo mismo, poco confiable. De tanto hablar, se traba, se resbala y levanta polvaredas. Son, los dos, personajes como el agua y el aceite. El uno, déspota, el otro, plebeyo. Me quedo con el plebeyo.

Mucho tiempo duré preguntando por la novela en las librerías bogotanas sin lograr conseguirla. Hasta que una mano afectuosa me la trajo de Buenos Aires. Había recorrido todas las librerías de Corrientes, y muchas más: en ninguna la encontró. Cosa extraña, tratándose de una obra maestra, agotada en el propio país del autor. Como último recurso, acudió a las ventas por internet y localizó un ejemplar, único, en una población distante de la capital. Aquí lo tengo, y con él me he solazado.

Es un ejemplar añejo y oloroso a fragancias, como el buen vino. Tiene el lomo maltrecho y las páginas comienzan a amarillear, vestigios elocuentes del medio siglo de travesía llevado de la mano de lectores ignaros –pienso yo– que no tuvieron la noción de conocer su linaje. Creo que este ejemplar ha recorrido muchos caminos inhóspitos. Una firma ilegible indica que alguien quiso retenerlo, pero lo dejó escapar. Quizá lo vio desnutrido. Esta ignorancia permitió que el texto llegara a mis manos bajo el sortilegio de la internet.  

Pertenece mi nuevo huésped a la primera edición de la obra (1953), de Editorial Losada. Sobre “Chaves” (prometo no volver a hablar del dictador, para que no se me malogre el artículo) dijo Jorge Luis Borges que la consideraba la mejor novela de Mallea. El concepto perdura 56 años después de editada la novela.

En su carrera narrativa se destacan, entre otros, los títulos “Cuentos para una inglesa desesperada”, “La barca de hielo”, “Fiesta en noviembre”, “La bahía del silencio”, “Todo verdor perecerá”, “La ciudad junto al río inmóvil”. El ensayo “Historia de una pasión argentina”, colmado de amor por su país y de amargura ante la decadencia de la nacionalidad, es su obra más representativa. Me sirvió de compañera en un viaje a la Argentina hace pocos años.  

Este Chaves insignificante, que deambula por los campos y las ciudades en busca del esquivo sustento de los pobres, se convierte en actor monumental del mundo de la miseria que ignoran los de arriba. Encarna al actor de la vida desastrada que languidece todos los días a merced de los poderosos. Y se mete, con su silencio helado, en los callejones de la desesperanza y de la crueldad  social.

Perenne realidad tratada por los novelistas a través de todos los tiempos. Por lo tanto, no habría nada nuevo en esta novela mínima. Lo nuevo está en la fuerza dramática de estas cien páginas maestras que estremecen y deslumbran. Novela de brevedad alucinante, como Pedro Páramo. Es una densa crónica de silencios donde las pocas palabras muerden la conciencia y dignifican el sufrimiento.

Palabras precisas, rotundas, fulminantes, llenas unas de colorido y belleza, otras de dolor y perplejidad, con las que Eduardo Mallea ha retratado un universo sombrío –muy acentuado en su Argentina invisible– que el hombre no quiere mirar.