25 de enero de 2021
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Discurso de lanzamiento del libro «La palabra contra el olvido»

18 de septiembre de 2009
18 de septiembre de 2009

Estamos reunidos aquí los admiradores del estilo literario de César Montoya Ocampo para festejar la aparición de un nuevo libro suyo: “La palabra contra el olvido”. Es esta, por lo tanto, una fiesta de la inteligencia  donde escanciaremos el vino de la sabiduría, paladearemos el manjar  exquisito de la palabra y degustaremos ese alimento para el alma que es la creación literaria. El libro que hoy nos entrega este abogado que le roba tiempo a su profesión para  escribir artículos con músculo literario es una selección de los mejores artículos que ha publicado en su columna de La Patria. Es el tercero que publica. A él le han antecedido “Prosas para un insomnio” y “De aquí y de allá”. El libro contiene notas de elevado contenido estético que, al leerlas, revelan a un escritor de estilo coruscante que construye con sus adjetivos efectistas oraciones de alto vuelo lírico.
Déjenme expresar esta nostalgia: Mi primer contacto literario con César Montoya Ocampo tuvo lugar por allá  en 1979, en Aranzazu. Yo era entonces un joven inquieto con la literatura, que desenvainaba mis armas literarias escribiendo una columna diaria en el periódico “Diario de la Frontera”, de Cúcuta, y una vez a la semana en “La Patria”. Un día de ese año viajaba hacia Salamina con Fernando Mejía Mejía, Javier Arias Ramírez, José Vélez Sáenz y Augusto León Restrepo. Los acompañaba a recibir las orquídeas de los juegos florales que entonces se realizaban en ese municipio. Al llegar a Aranzazu nos encontramos con César Montoya Ocampo, amigo personal de los laureados. Nos invitó  a su mesa. Y en una tertulia literaria improvisada empezó a hablar sobre literatura caldense, sobre los poetas de nuestra tierra, sobre nuestros valores intelectuales. Se detuvo un largo rato analizando la obra poética de Fernando Mejía Mejía y de Javier Arias Ramírez.  Y con criterio literario, demostrando un gran conocimiento del lenguaje poético, con fundamentación critica, hizo un excelente análisis de la calidad de la obra de estos dos vates. Yo, que no era su amigo personal, quedé asombrado con su juicio crítico. Simplemente, me descrestó. Hasta ese día yo pensaba que el penalista era un político sin bagaje intelectual, sin conocimiento sobre el arte literario, sin una sólida formación humanística. Creía que era un político más, de esos del montón, sin brillo intelectual, con un discurso veintejuliero cargado de lugares comunes. ¡Cuán equivocado estaba!   El tiempo me dio la oportunidad de valorar su prosa de fino contenido artístico. Y de disfrutar su calidad intelectual como compañero de viaje en este hermoso oficio de escribir.

La prosa de César Montoya Ocampo tiene el encanto de las cosas bellas. Las frases cortas, lapidarias, sentenciosas, hacen de sus artículos pequeñas joyas de orfebrería literaria que se quedan  en la mente del lector por su fuerza expresiva. Su vocabulario es exquisito, mezcla de miel y vino, de sal y azúcar. Leyéndolo, el lector descubre fácilmente de dónde viene su formación intelectual. Montoya Ocampo aprendió a escribir leyendo a los clásicos. Aunque sus veneros literarios son en este momento autores como Gabriel García Márquez, José Saramago e Isabel Allende, su espíritu se alimentó con la prosa decantada de Miguel de Cervantes Saavedra, con las frases punzantes de Cicerón, con el lenguaje preciso de Miguel de Unamuno “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” es su libro de cabecera. A sus páginas vuelve cada que quiere reencontrarse con la buena prosa, con la economía en el manejo de las palabras y con la sabiduría.

Estudiar la forma cómo escribe un autor, desmenuzar el contenido estético de su prosa, detenerse en la manera cómo utiliza los adjetivos, ahondar en el arte que se advierte en la construcción de la frase, buscar los elementos creativos que adornan cada artículo es una labor que demanda rigorismo intelectual y, sobre todo, un paciente trabajo de orfebrería para detectar los giros idiomáticos que hacen de sus escritos una pieza literaria. Eso me pasa a mí cuando abordo como crítico cuanto artículo brota de ese cerebro creativo que hace de César Montoya Ocampo un escritor que busca en las canteras del lenguaje la palabra precisa para darle elegancia a su pensamiento. Para el autor de “La palabra contra el olvido” escribir es un arte.  Sobre todo porque cada artículo suyo tiene ese acabado de perfección literaria que solo una gran pluma puede darle a cuanto escribe. En su prosa cantarina se reúnen todos los elementos que hacen perdurable un escrito: ágil manejo del idioma, riqueza de vocabulario, abundancia de adjetivos, buen uso del gerundio, ausencia de frases cacofónicas, excelente elaboración de las oraciones, escasez de anáforas, dominio de la sintaxis y respeto por las normas gramaticales.  
Cuando se pretende analizar con sentido crítico la prosa de César Montoya Ocampo se debe hacer énfasis, sobre todo, en su búsqueda constante de la perfección idiomática. Para este escritor de inspiración nerudiana es importante el cómo se escribe. Porque siempre quiere darle a su estilo literario visos líricos que atrapen al lector. La elegancia del buen decir campea en cada nota suya, se descubre en cada frase, se adivina en esa paciente labor de relojero que va como juntando palabras para darle sentido a la oración. Ahí radica, en parte, el encanto de su prosa. No es exagerado, entonces, decir que sus constantes lecturas de los autores clásicos le han proporcionado el bagaje intelectual para crear páginas de excelente factura literaria. Porque no otra cosa puede decirse cuando uno lee, por ejemplo, el artículo “Indomable amor”, del libro “Prosas para un insomnio”.
César Montoya Ocampo no agota el tema cuando trata de filosofar sobre problemas que le son comunes al ser humano. A veces, cuando emite conceptos profundos, deja a un  lado los adjetivos para darle paso a una prosa más escueta, sin afeite literario, que va directo a la expresión de  la idea, no vistiendo el contenido con ropaje lírico. Eso se advierte, por ejemplo, en sus artículos sobre temas políticos. En estos predomina la visión del analista objetivo antes que la del creador de belleza. Es decir, aquí el escritor se despoja de sus recursos lingüísticos de alto vuelo literario para escribir en un estilo, si se quiere, más coloquial, donde no adorna la oración con vocablos de difícil asimilación para el lector. Para comprobar lo que es este sentido expreso, léanse las notas que ha escrito sobre Barak Obama, o sobre Alvaro Uribe, o contra la reelección, o sobre temas jurídicos. Allí desaparece ese estilo saturado de poesía que caracteriza sus aproximaciones al paisaje y surge, clarísima, concebida en un lenguaje diáfano,  una prosa más conceptual,  arraigada en la realidad política.
En este libro, “La palabra contra el olvido”, el autor nos enseña su inmensa facilidad para tejer con el hilo invisible de las palabras páginas verdaderamente antológicas. Sus aproximaciones al tango, por ejemplo. Hay aquí, cuando trabaja este tema, mucho conocimiento del alma del arrabal, un decantado gusto por la expresión popular, un certero análisis sobre el comportamiento humano. Leyendo  el artículo “Lírica social en el tango” nos damos cuenta de las preocupaciones existenciales del autor, de ese gusto que tuvo en sus años mozos por el ambiente de las cantinas, de ese recuerdo que dejaron en su alma de caminante las alegres percantas. Este artículo, escrito  con pluma maestra, sintetiza lo que enseñan esas canciones que hablan de cuchilleros, donde surgen entre notas de bandoneón “el adiós con el lenguaje de los pañuelos humedecidos”, la angustia de esos cuchilleros de que tanto habla Jorge Luis Borges y  el eco del malevaje en oscuros rincones.
El estilo de este escritor se identifica por su refinamiento en la utilización del adjetivo. Pertenece a una escuela literaria – los grecolatinos – de grata recordación por la contundencia en la elaboración de las frases y por darle brillo a sus escritos con metáforas de alto coturno. Aunque estudiosos como Adalberto Agudelo Duque no le reconocen a este grupo blasones como forjadores de un nuevo pensamiento, es necesario decir que fue el momento más importante que tuvo el departamento en materia literaria. Porque transformaron el lenguaje literario con sus constantes lecturas de los autores clásicos, entre ellos los franceses, los griegos y los latinos. En ellos las frases tenían una extraña orquestalidad, una fuerza huracanada, un extraño rumor de olas tempestuosas. Montoya Ocampo continúa aferrado a esta forma de escribir donde predominan giros que le otorgan una extraña musicalidad a la prosa. Sin embargo, en ocasiones se queja de no poder desprenderse de ese estilo coruscante que identifica gran parte de su producción literaria.
A este uso constante que hace César Montoya Ocampo del adjetivo como complemento para alcanzar brillo en la construcción  de la frase hay que sumarle la belleza de las metáforas que alcanzan, en determinados momentos, destellos de luz en su prosa de altivo penacho. A los críticos que se atreven a formular conceptos sobre la decadencia del adjetivo el escritor les dice con altura conceptual: “El adjetivo es lo que la corbata al vestido: adorna, complementa, entona, luce, da visajes, hermosea, realza. Eso es, exactamente, el adjetivo. Sal y azúcar, signo admirativo, fragancia y sabor, lúcido arco-iris”. Sabia definición esta de un hombre que ha hecho del adjetivo un instrumento para regodearse construyendo oraciones donde predomina este elemento del idioma como recurso imprescindible para alcanzar belleza literaria. Lo importante, en este sentido, es que el autor de este libro, como maestro que es en el arte de escribir,  sabe el momento preciso en que requiere de este para darle a su prosa contenido estético. Lo que quiere decir que no utiliza el adjetivo simplemente por utilizarlo. Cuando este aparece con su vestido de luces en el marco de su prosa es porque el artista de la palabra sabe, como el torero con las banderillas, en qué instante debe insertarlo en el texto. Es decir, no lo coloca simplemente por capricho retórico. Cuando lo hace es porque requiere de él para, como en los toros,  redondear la faena literaria.
He hablado, hasta aquí, del estilo literario de César Montoya Ocampo, de su respeto por el idioma de Cervantes, de su compromiso con la palabra. Para finalizar esta aproximación a su trabajo literario, hablemos ahora del humanista, del pensador formado en múltiples lecturas, del penalista que ha hecho de la escritura un nuevo proyecto de vida. Leer es para César Montoya Ocampo una pasión. “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, de Cervantes Saavedra, lo ha leído cinco veces. Lo mismo le ocurre con “Cien años de soledad”, de García Márquez. El “Ensayo de la ceguera”, de Saramago, lo ha leído dos veces. “Por quién doblan las campanas”, de Ernest Hemingway, tres veces. Pero ante sus ojos han pasado miles de libros que ha devorado en noches de insomnio. A todos les hace anotaciones al margen. Sobre todo porque es un lector meticuloso, de esos que investigan qué quiere decir una palabra, que subrayan las frases que les parecen mejor construidas, que analizan el pensamiento del autor para sacar sus propias conclusiones. Su oficina de abogado en el séptimo piso de un edificio en el centro de Bogotá está atiborrada de libros. A ellos recurre cuando una duda lo asalta, o cuando quiere reencontrarse con los personajes que han llenado su espíritu en horas de lectura, o cuando siente que la soledad carcome un poco su vida. Es, en síntesis, un lector empedernido. Alguien que piensa como Chang Chao que: “Leer libros en la juventud es como mirar a la luna por una rendija. Leer libros en la edad madura es como mirar a la luna desde el patio. Y leer libros en la ancianidad es como mirar a la luna desde una terraza abierta”.
“La palabra contra el olvido” es un libro para leerse despacio, sin prisa, degustando cada adjetivo, saboreando las metáforas, disfrutando ese vocabulario exquisito de que hace gala su autor. Su prosa es de fina arquitectura idiomática. Recuerda, por su acabado artístico, a los mejores exponentes de una escuela literaria que hizo historia en Caldas: los grecolatinos. Este abogado es el último sobreviviente de esa generación. La pasión por la palabra se le despertó leyendo las páginas inmortales de Silvio Villegas, escuchando el verbo huracanado de Fernando Londoño Londoño, regodeándose con los editoriales de Gilberto Alzate Avendaño, alimentando su espíritu con las frases torrenciales de Bernardo Arias Trujillo. Su estilo tiene la cadencia melodiosa de la música clásica. Hay pintura en las descripciones del paisaje, poesía en la forma como describe el cuerpo de la mujer, música en la manera como relata sus vivencias de la infancia.

Quiero  finalizar esta aproximación a la obra literaria de César Montoya Ocampo haciendo mías estas hermosas palabras del artículo que le da nombre a este  libro: “Quien escribe hace utilización trascendente de la palabra. La oratoria inflama y emociona, pero quien emplea la pluma, se afianza más en la evocación de la posteridad. Se hace repetición de los nombres de los grandes oradores por una tradición que los mantiene siempre vivos, pero quienes dejan obras escritas se consolidan en el recuerdo de los pueblos. Pasarán los años, el hacha del tiempo sepultará mitos pasajeros, pero sobrevivirán Fernando Londoño, Silvio Villegas y Pedro Nel Jiménez como magos de la elocuencia. Y no desaparecerán, mientras el ser humano subsista, Guillermo Sepúlveda con ese hermoso micropoema “ Y pensar, ay, / que el mar es un cadáver/ de ríos que se ahogaron”;  ni Daniel Echeverri con su “Elegía a la Muerte de una Abeja”; ni David Manzur ni María Paz Jaramillo que encontraron la inmortalidad en sus paletas; ni el plectro proletario de Javier Arias Ramírez; ni Gilberto Alzate con su inmortal indagatoria, ni Bernardo Arias Trujillo con su Risaralda, ni Otto Morales Benítez con el torrente de sus libros maravillosos”. Su nombre, doctor César, también quedará cincelado para siempre en el recuerdo de quienes paladeamos la belleza hecha palabra. Su impronta literaria quedará como testimonio de un hombre que camina por la vida con sus  sandalias de peregrino para dejarnos a los caldenses un testimonio alegre de su tiempo.