28 de septiembre de 2020
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De, la preposición; garrote (más garrote)

29 de septiembre de 2009
29 de septiembre de 2009

Como tampoco estoy de acuerdo con la respuesta que le dio a la profesora Edith Angélica Bustos Crèmieux acerca de una de las acepciones de la preposición ‘de’. Así le respondió: “Lo común en el español que se habla en algunas ciudades colombianas es poner la preposición “de” entre las palabras “calle”, “plaza”, “avenida”… y el nombre de éstas: pero eso no es correcto, de acuerdo con las normas que para algo se han establecido. Como usted dice, no hay ninguno de los significados de la preposición “de” que justifique su empleo en estos casos…” (LA PATRIA, Correo Abierto, IX-9-09). No obstante, gramáticos de alto coturno difieren. Emilio Martínez Amador enseña: “(La preposición ‘de’) puede designar la ‘advocación’ de una calle o de un establecimiento religioso o profano: “la calle de Alcalá”, “la carrera de San Jerónimo”, “el convento de La Merced”, “la iglesia de San Francisco el Grande”…” (Mega Gramatical y Dudas del Idioma). Don Manuel Seco da este significado como “aposición: “la calle de Alcalá”, “el golfo de Lepanto”, aunque anota: “La forma yuxtapuesta en las denominaciones de calles y plazas (calle Toledo, paseo Recoleto, plaza España) se extiende paulatinamente, sustituyendo a la forma tradicional con ‘de’ (calle de Toledo)…” (Diccionario de Dudas). Antes, el académico Roberto Restrepo escribió: “Esta preposición se suprime incorrectamente en nuestro lenguaje hablado y escrito en expresiones como las siguientes: “Teatro Colón”, “Hospital Pasteur”, “Premio Vergara”. La índole de la lengua pide que se diga “Teatro ‘de’ Colón”, “Hospital ‘de’ Pasteur” y “Premio ‘de’ Vergara”. Pero tan generalizado está este solecismo en la nuestra y otras lenguas que imposible será desterrarlo” (Apuntaciones Idiomáticas…). Y mucho antes, don Rufino J. Cuervo, en sus “Apuntaciones Críticas”, anotó: “Otra novedad, venida sin duda del francés, es la que consiste en omitir la preposición (‘de’) cuando se trata de objetos que se designan con el nombre de una persona cuyo recuerdo se quiere perpetuar. Si toda la vida hemos dicho ‘Plaza de Bolívar’, ‘Calle de Cervantes’, ‘Hospital de San Juan e Dios’, ‘Academia de San Fernando’, ¿con qué derecho nos salen ahora con ‘Instituto Murillo’, ‘Teatro Romea’? Para que semejantes yuxtaposiciones fuesen admisibles se necesitaría que ‘Murillo’, ‘Romea’ fueran ya por sí solos los nombres de los objetos, como cuando decimos el ‘río Tajo’, la ‘reina Victoria’”. Y esto fue escrito a finales del siglo XIX. Según mi análisis y mi punto de vista, ‘de Colón’, ‘de Bolívar’, ‘de la Inmaculada’, etc. son complementos genitivos (de posesión), porque la advocación, consagración o dedicación hacen que esos lugares y edificios de alguna manera les pertenezcan. Y, así, se le puede aplicar a la preposición ‘de’ la primera acepción que asienta la Academia “Denota posesión o pertenencia”. Es, pues, correcto decir “la basílica de San Pedro” o “el país del Sagrado Corazón”. ¡Sí, señor!
Garrote figurado recibió don Cecilio Rojas del historiador Alfonso Gómez Echeverri, porque, según aquél, el Mariscal Jorge Robledo no fue ejecutado a garrotazos, sino ‘en el garrote’, instrumento para la ejecución de los reos condenados a muerte. El señor Gómez se sostiene en su afirmación: “Es poco probable -dice- que se hubiera utilizado el garrote vil, dado que este aparato era bastante engorroso para ser transportado, bajo la situación de apremio en la que se encontraba Belalcázar…” (LA PATRIA, Correo Abierto, IX-10-09). El garrote que a don Cecilio le dio el escritor, a pesar de haber sido moderado y en cierta forma almibarado, fue inmerecido, porque es un hecho incontrovertible que el desdichado Mariscal fue sometido a tan ignominiosa ejecución, como lo dice la enciclopedia Uteha: “(Jorge Robledo) mostróse cruel con los indios, e insubordinado contra Belalcázar, éste lo condenó a morir en el garrote”. Y la Historia de Colombia, Henao y Arrubla, que cité hace unas cuantas lunas, dice: “El 15 de octubre de 1546, en Loma de Pozo (…) sufrió la pena vil de garrote el Mariscal don Jorge Robledo…”. El ‘garrote’, como instrumento de ejecución, es: “Procedimiento para ejecutar a los condenados comprimiéndoles la garganta con una soga retorcida con un palo, o mediante un artificio mecánico de parecido efecto”. No era, pues, necesario ni ‘engorroso’, por lo tanto, transportar nada, porque la ejecución se podía realizar en cualquier poste o en el tronco adecuado de cualquier árbol. Finalmente, creo yo, si el Mariscal hubiera sido ejecutado ‘a garrotazos’, la historia habría proclamado que don Jorge Robledo murió ‘apaleado’. Más coherente, señor.