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Manizales en la narrativa de Adalberto Agudelo Duque

9 de agosto de 2009
9 de agosto de 2009

A Manizales le ha escrito sus mejores páginas. La mayoría de los  cuentos incluidos en “Variaciones”, el libro que obtuvo en 1994 el Premio Nacional de Cuento Colcultura,  están escritos sobre aspectos de la ciudad. El suyo es un trabajo que muestra no sólo su preocupación por la palabra sino, además, su interés por convertir a Manizales en el espacio geográfico de su obra como narrador.

Llama la atención en Adalberto Agudelo Duque su insistencia en hacer de Manizales esa Comala que inspiró las ficciones de Juan Rulfo. Es, sin duda alguna, el autor que más ha trabajado los temas de la ciudad. En su primera novela, “Suicidio por reflexión”, publicada en 1967, aparece la capital caldense como escenario de vida. Oscar Olivares, el personaje central, simboliza en su apellido el nombre de una quebrada que cruza con sus aguas turbias un sector deprimido. Pero el telón de fondo es Manizales. El paisaje urbano, con todos sus matices, aparece en las páginas de esta obra que enseña la miseria de esas gentes que habitan en los extramuros. 

Ningún tema le ha sido ajeno a Adalberto Agudelo Duque para retratar con su prosa de finos destellos artísticos su ciudad. La forma cómo Fermín  López arribó hasta un paraje del Cerro de San Cancio en la época de la colonización le sirve al autor para escribir un cuento donde recrea el pasado histórico de Manizales. Así lo dice en “La ciudad sumergida”: “Fermín oyó la quejumbre del carbonero al derrumbarse pero no tuvo tiempo de escuchar la protesta ronca y angustiada de los chamizos rotos ni de ver las mariposas brillando al sol. Al frente, en una ventana abierta de par en par, el paisaje se le entró por los ojos”. 

El escritor debe conocer la ciudad para escribir sobre ella. Y Adalberto Agudelo Duque demuestra con su vasta obra narrativa que conoce como nadie a Manizales. Con su lenguaje elaborado la pinta, describe sus calles, hace poesía con sus atardeceres, dibuja su catedral, muestra su entorno humano, habla de sus amaneceres, recrea su historia. Por ejemplo, sobre su proceso de fundación dice: "En el comienzo fue la calle larga, larga: siguiendo el contorno y la cima de la colina aparecieron las viviendas, primero de esterilla y guadua, después de esterilla y cemento en la medida en que sueños y fracasos, esperanzas y éxitos se hicieron viejos en los viajantes de comercio".

Manizales es viento y agua en la prosa de Adalberto Agudelo Duque. Los personajes de sus cuentos parecen sacados de estas calles que el escritor conoce porque las ha caminado con su mirada de artista. Los hechos históricos que narra están ligados a la vida misma de Manizales. Como la protesta universitaria de los años setenta que describe en “Toque de Queda”, donde muestra ese inconformismo de los estudiantes que tiran piedra como expresión de su espíritu contestatario. En esta obra está la ciudad,  tomada  por la fuerza pública, que corre por las calles lanzando gases lacrimógenos. Aquí el Parque de Bolívar se convierte en escenario de una batalla librada a piedra limpia.

Adalberto Agudelo Duque ha tomado a Manizales como eje donde giran sus historias. Para él, la capital de Caldas tiene encanto literario. Lo enseña en “De rumba corrida”, la novela que obtuvo en 1998 el premio de la Sexta Bienal de Novela José Eustasio Rivera, cuando narra el encuentro de un médico joven con una mujer “petulante y hermosa, fría y calculadora”, que le permite visitarla en su casa del barrio Estrella. Para el autor,  "A la ciudad se llega navegando la rosa de los vientos. Por cañadas y precipicios, por la loma de faldas y montañas, descorriendo el velo de las nubes o subiendo las raíces de truenos y relámpagos". ¿No es esta, acaso, una afortunada descripción de la ciudad? 

En su último libro publicado, “Abajo, en la 31”, premio de novela Aniversario Ciudad de Pereira 2007, el novelista vuelve sobre esa preocupación temática de retratar con su prosa de vigorosa fuerza narrativa esta ciudad donde ha crecido como escritor. Caramanta, el espacio geográfico de la historia narrada, donde transcurre entre juegos de canicas la vida de Beto, el protagonista, es la capital de Caldas. Pero es esa Manizales de los años sesenta que no se había extendido tanto hacia sus cuatro puntos cardinales. Una ciudad donde todavía los niños jugaban a las escondidas, donde se elevaban cometas en las tardes soleadas de agosto, donde se escuchaba todavía el sonido de las campanas de la Catedral convocando a misa.

Casi todos los  escritores caldenses han tomado a Manizales como referente literario. Eduardo García Aguilar, Octavio Escobar Giraldo, Orlando Mejía Rivera, Roberto Vélez Correa, Carlos Eduardo Marín, entre otros,  han llevado a sus libros las calles de esta ciudad, sus monumentos históricos, sus personajes representativos, sus momentos de gloria. Pero es Adalberto Agudelo Duque, en nuestro concepto, quien mejor la ha interpretado. La fuerza narrativa de sus novelas logra comunicarle al lector cómo es la ciudad, de dónde viene su historia, qué elementos paisajísticos la adornan. El escritor pinta la ciudad en una prosa que en determinados momentos adquiere tonalidades poéticas. En síntesis, Manizales tiene en Agudelo Duque su novelista mayor.