18 de enero de 2021
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Orlando Cadavid Correa
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Librero fugaz

27 de agosto de 2009
27 de agosto de 2009

Mercenario sin hígado, redacté textos políticos para reclutar voticos díscolos que dijeron no.

He sido tendero, candelero, tahúr, barman, vendedor de dulces y de camisas de segunda en el Suroeste. Fui taquillero en cines de barrio, traficante de sueños, celador, monaguillo que se quedaba con parte de la limosna (eso se llama redistribución del ingreso. Dios no tiene el almuerzo embolatado). También me las he dado de periodista. Pero nunca había sido librero.

Cuando me aburro como solitario ratón de Internet, frecuento las célebres librerías de viejo, verdaderas zonas de distensión. Lo hice poniéndole los cuernos a la bogotana Feria del Libro.

Lo de librero fugaz fue así: me acerqué a una librería "agáchese" a darle de comer al ojo. Los libreros ven llegar al cliente y por el "tumbao" que tiene, le miden el revuelto literario. Y el bolsillo. Son el eslabón encontrado entre el libro caro y el ciudadano de la llanura. Son tan necesarios como el pan, el olvido y el agua. En todo muerto que aparece en el periódico ven la posibilidad de una compra de libros.

Sicólogo empírico, el diestro librero me examinó algunos segundos. Y empezó la ofensiva: qué libro buscaba. Retrechero, lo castigué con mi silencio. En el amor y en los negocios si mostrás ganas, te tragan sin sacudirte.

Simplemente, le dije que me estaba llenando de ganas. ¿Cuál busca?, insistió. Como hablándole al viento, respondí: " Gabriela, clavo y canela ".

Me recitó otros títulos de Jorge Amado. Le pedí que me mostrara la edición de " Gabriela ". "No la tengo aquí sino en la otra librería. Si quiere voy por ella. Me demoro diez minutos". "¿Y quién se queda aquí?". "Usted". Y se fue, graduándome de librero, sin más poesía. Todo muy surrealista.

En su ausencia, no vendí un solo libro. Tampoco vendo un tamal en un derrumbe. Varios mirones se acercaron. Me cuidé de que nadie robara. El paganini sería yo. Un tipo con cara de retrato hablado me ofreció una plancha. Otro, "esta alhaja finísima, bacán".

Mi fugaz empleador regresó ¡20 minutos después! Ni modo de cobrarle cesantías. No me pidió cuentas. Para adecentar el libro le había hecho la cirugía plástica con un borrador.

Me gustó, a pesar de la letra de edicto. Entrado en gastos, me interesé por " Doña Flor y sus dos maridos ". Vino la negociación: Me pidió 40 mil por ambos. Recordando a mi padre, barequero nato, le ofrecí 10 mil. Se bajó a 30. Partimos la "diferencia": quedé 25 mil pesos más pobre y dos libros más rico. Y fui librero por un rato. Que se tengan fino los "colegas".