22 de noviembre de 2019
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La tensión militar entre Colombia y Venezuela

16 de agosto de 2009
16 de agosto de 2009

Se encrespan las aguas

La noticia de las bases aéreas colombianas que suplirían las tareas de la base ecuatoriana de Manta produjo una rápida sucesión de protestas, advertencias, pedidos de explicaciones y ofrecimientos de mediación. Ecuador y Venezuela se apresuraron a calificar de amenaza contra sus procesos revolucionarios, los acuerdos de facilidades que no arriendo de bases, como fue el caso de Manta, para el uso de bases aéreas colombianas por parte de los Estados Unidos, con fines de vigilancia contra el narcotráfico.

Con Venezuela apareció un condimento adicional: dos meses atrás la Cancillería colombiana había entregado información al canciller venezolano sobre la incautación de cohetes antitanques de fabricación sueca vendidos a Venezuela que hizo el ejército a las guerrillas de las FARC; pero Caracas no dio explicación ni noticia alguna de investigación sobre el asunto. Divulgada la información por Colombia y ante un pedido sueco de “explicación responsable” al gobierno venezolano, éste replicó con la violencia verbal que lo caracteriza. Sólo días después de estar las relaciones “congeladas”, el presidente Chávez declaró que los lanzacohetes formaban parte de los robados por el ELN (no por las FARC) cuando uno de sus frentes asaltó el puesto de infantería de marina venezolana en Cararabo, a orillas del río Meta, frente al Vichada colombiano.

En ese ambiente, Chávez amenazó con congelamientos de las relaciones, ordenó “apretar” los controles fronterizos y declaró que aumentaría su poder militar con la compra de tanques y otros equipos (noticia que ya era vieja, pues desde el 2006 eran  conocidas sus intenciones de adquirir hasta 600 vehículos, entre tanques y transportes blindados de personal).

Así las cosas, vale la pena considerar algunos aspectos de como se desarrolla un proceso de suspicacias, temores y prevenciones entre los países implicados.

Los dilemas de la seguridad

El llamado “dilema de la seguridad” es un mecanismo bien conocido en el cual las intenciones de un actor – estatal en este caso- son interpretadas por otros como la confirmación de sus propios temores. Para escribirlo de una manera sencilla, el mecanismo opera así: El Estado A supone por cualquier motivo que los Estados B y C son potencialmente hostiles, y en consecuencia toma precauciones como la de armarse para enfrentar cualquier eventualidad. Los Estados B y C, ante el armamentismo de A, deciden, a su vez, armarse también. El Estado A al observar que B y C se arman, estima comprobada su hipótesis inicial sobre la posible hostilidad de B y C (uno ve lo que quiere ver) y prosigue su proceso. La preparación para un supuesto conflicto escala mayores cotas y al final de la competencia, todos, A, B y C, están más inseguros que al principio. Una crisis o un incidente de efecto instantáneo, son más difíciles de controlar en este ambiente. El escalamiento de las desconfianzas configura la clásica “profecía auto-cumplida”.

Las profecías auto-cumplidas

El fenómeno descrito antes, el dilema de la seguridad, lleva a la profecía auto-cumplida. Cada país se prepara para la defensa y olvida que lo útil para defenderse, también sirve para agredir. El pensar la relación entre Estados como conflicto, genera desconfianzas y prevenciones. Las conductas defensivas (y esto sí que se ve en las vidas personales) resultan agresivas para el otro. Las hipótesis de agresión se confirman mutuamente y se produce una espiral diabólica de presunciones ominosas. En ese ambiente, un enfrentamiento que se pensó imposible, puede desatarse por causa de una crisis mal manejada o de un incidente no controlado. Como se espera lo peor del vecino, se actúa en consecuencia y sucede lo que jamás debió suceder.

Si alguien tiene dudas sobre la eficacia perversa de este mecanismo, que estudie los antecedentes históricos de la primera guerra mundial. Puesto en marcha el engranaje de las desconfianzas, la bola de nieve ya no puede ser detenida.

Temores de Venezuela y temores de Colombia

Venezuela inició una carrera armamentista formidable con los dólares del petróleo, bajo el supuesto de una amenaza de los Estados Unidos. La hipótesis incluía la utilización de Colombia como aliada o apoyo del Pentágono contra el país vecino. Entonces cualquier paso de Colombia en el sentido de profundizar su colaboración con los Estados Unidos, por el motivo que sea, será visto, allende el Táchira, como una comprobación de la hipótesis original: ¡Colombia será utilizada para agredir a Venezuela¡

A su vez, Colombia, que está inmersa y muy ocupada en su conflicto interno, observa cómo Venezuela adquiere una gran cantidad de armamento y cree percibir simpatías por la guerrilla en el país vecino. El gobierno venezolano una vez se declara neutral en el conflicto colombiano, otra vez pide la condición de beligerante para las guerrillas y otras veces recibe y protege en su territorio a los rebeldes colombianos.

La carrera armamentista de Venezuela preocupa a los colombianos porque con lógica elemental se preguntan contra quien va dirigida: ¿Será para defenderse de los Estados Unidos? No, por supuesto, porque las armas adquiridas no llegarían ni a media hora de vida en un conflicto con una potencia que dispone de tecnología de punta y de una potencia de fuego inimaginable. ¿Será que se asustan ante Guyana, o Trinidad-Tobago, o Bonaire, Aruba y Curazao? ¿Será que se preparan para líos con el Brasil? ¡Desde luego que no!

El único destinatario de la amenaza es el vecino real de Venezuela, la República de Colombia. Contra este país sí tiene sentido el costoso equipo comprado a rusos, chinos, bielorusos, iraníes y españoles. Seguramente no se trata de usarlo en un conflicto improbable, pero sí funciona para condicionar la política exterior de Colombia: en cualquier diferencia que se presente, el Estado colombiano no tendrá derecho de reclamar y ni siquiera de hablar.

Para continuar la reflexión, piénsese en las alternativas colombianas. No tiene recursos para malgastar en armas. El conflicto interno copa sus esfuerzos de seguridad. Si no puede competir en una carrera armamentista y si además el país se siente aislado diplomáticamente, busca alguna otra forma de protección y mira hacia la potencia del norte, con la cual ya tiene una relación de seguridad estrecha motivada por el narcotráfico.

Es claro que los acuerdos en discusión no versan sobre instrumentos de defensa mutua ni sobre alianzas militares, pero la presencia de equipos y personal militar norteamericano puede constituir una “disuasión pasiva”. ¿Qué quiere decir este concepto? Significa que de alguna manera se crean barreras difíciles de superar por un agresor potencial: ¿Se atrevería un Estado hostil a atacar una base colombiana donde estén estacionados personal militar, aviones de vigilancia, aviones de  transporte o buques de guerra de los Estados Unidos?

Las dobles morales

En toda situación conflictiva, a los primeros interesados se le suman terceros interesados y entre unos y otros, cunde la doble moral como una epidemia.

– La crisis actual ha mostrado un Chávez que frente a Honduras reivindica la pureza de las elecciones que no ha respetado, por lo menos en el último referendo y en el caso de las elecciones locales, en su propio país.

– Pero más desestimulante, por menos esperado, el desatino de Moratinos, el ministro de relaciones exteriores de España, quien expresó preocupación por las bases colombianas que pudieran servir a los norteamericanos, porque significaban una militarización de Sudamérica. La viga en el ojo no se ve ni se menciona. Si hay un país que haya contribuido a esa militarización es España, que disfruta de contratos bien jugosos como los de Navantia, empresa estatal que le construye a la Venezuela de Chávez ocho buques de guerra, cuatro fragatas y cuatro corbetas o fragatas ligeras según se mire, eso sí denominadas con eufemismos que no logran tapar la verdad, como los de “patrulleros de zona económica exclusiva” y “patrulleros de litoral”. Sin mencionar contratos menores como los de la gallega Rodman que le fabrica a Chávez más de cien botes de patrulla fluvial y litoral. Ejemplos habría muchos más, pero este basta para ilustrar el otro proceso hipócrita que contribuye a incendiar los ánimos.

Cómo desmontar los riesgos

Cuando se ahondan las desconfianzas hay un punto de no retorno. El encadenamiento lógico de los dilemas y las profecías debe ser cortado:

– Los esfuerzos de la comunidad interamericana deben ser dirigidos a construir dispositivos de confianza mutua entre los países andinos. Brasil y Chile, que han demostrado voluntad de mediar, harían mejor papel si se empeñan en restablecer la confianza resquebrajada. Chile, en particular, tiene la experiencia positiva de las medidas de confianza mutua que tanto ayudaron a mejorar sus relaciones con Argentina en el pasado reciente.

– El conflicto debe ser institucionalizado. Nada contribuye a mejorar el clima internacional el uso de canales de comunicación informales y desestructurados. Se necesita diplomacia seria, profesional, bienintencionada y leal.

– Y por sobre todo, impulsar la intervención de las sociedades civiles. Éstas tienen mejores títulos que los Estados para señalar el camino de la paz. En el mundo de hoy ya los pueblos pueden relacionarse por medios distintos de los que monopolizó el Estado nacional en el pasado y una sociedad civil transnacional es ahora interlocutor válido para la construcción de relaciones pacíficas y respetuosas entre pueblos que no han conocido antes las discordias de hoy.