16 de noviembre de 2019
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Una firma autógrafa en reposo

26 de julio de 2009
26 de julio de 2009

CONTRAPLANO

Por Orlando Cadavid Correa ( \n [email protected] Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla )

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Molina en la Notaría

Wesner Molina Usma inició su carrera de tres lustros como notario quinto de Manizales, en 1994, cuando faltaba por correr mucha agua debajo de los puentes para que se desatara en Colombia la escandalosa tormenta que puso de rodillas a este esencial servicio público ante pestes incurables como la corrupción, el tráfico de influencias, el clientelismo y la politiquería.

Para su Notaría un día bueno, de mucho movimiento, le representaba a sus arcas el producido de 1.500 autenticaciones, pero la voracidad estatal siempre se ha llevado para Bogotá el 87 por ciento de los recaudos, pese a que lo único que pone el alto gobierno es el decreto de nombramiento del notario. Un día malo, ensombrecido por las aguas-lluvias, los truenos y las descargas eléctricas, era de menos de treinta clientes. En jornadas invernales sonaba poco la campanilla de la caja registradora.

En el ejercicio del notariado, el ex alcalde chinchinense dio fe de millares de documentos que pasaron por sus manos y de actos de los que fue testigo de excepción: 350 matrimonios civiles, unos 50 divorcios y 15 uniones maritales entre parejas del mismo sexo. En sus quince años no le metieron un solo gol algunos clientes de esos que se dan sus mañas para falsear documentos públicos.

Jamás llevó la cuenta de las firmas que debió estampar en un día de su febril actividad. Cuando se proponía obtener la estadística, el flujo de clientes y el cartapacio de papeles que le caían permanentemente en su escritorio le hacían perder el hilo. En una sola escritura le correspondía estampar su autógrafo 50 ó 60 veces. El uso y el abuso deterioraron un poco su rúbrica original. Esta debe ser la única parte maluca de las notarías con las que sueñan los parlamentarios que tienen amigos en las alturas del poder.
Las notarías más apetecidas son las de primera categoría, las de mayor rentabilidad en las grandes urbes: Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla, en las que sus titulares se hacen ricos con gran facilidad, sin superior jerárquico al pie. Y se las asignan a recomendados de los padres de la Patria que tienen línea directa con la Casa de Nariño o el Ministerio de Interior y de Justicia. La cacareada meritocracia también es un cuento chino en este reparto del ponqué gubernamental.

Molina, quien entregó su notaría el pasado 27 de abril, no participa en estas críticas. Defiende la pulcritud del notariado caldense. No tiene conocimiento de que el ex superintendente Manuel Cuello Baute haya metido la mano en Manizales. Y plantea inquietudes alrededor del futuro de este servicio: Si las notarías en Colombia no se ponen a tono con la tecnología moderna, (de carácter obligatorio, no discrecional), se quedarán rezagadas en América Latina. Opina que cinco notarías son suficientes para la capital de Caldas. Encuentra justas las tarifas para los usuarios, mas no para los notarios.

Tras poner su firma en reposo, al acceder a la jubilación, todo el tiempo es suyo y lo dedica a dirigir un bufete de abogados para atender consultorías en diferentes áreas con un equipo del que hacen parte, además de sus socios, su esposa Alba Lucía Gómez, su hija Juliana y sus cuñados; a tertuliar en las mañanas, en La Cigarra; a dictar cátedra, antes de los partidos en Palogrande, sobre el Once Caldas y la Selección de Mayores; a hacer fuerza por lo que queda de su otrora glorioso partido Liberal y a aspirar, con cierta guasa, a todos los cargos públicos que no lleguen acompañados de los temidos impedimentos que se han puesto de moda en el Capitolio Nacional.

La apostilla: Molina retrata así la actividad que acaba de dejar, tras 15 años dedicados a conceder autógrafos que cobraba de riguroso contado: “Las notarías tienen fama de ser unas minas de oro, pero no hay tal. Yo las asimilo a una carnicería, en la que se ve al tipo cortando carne y metiéndose la plata al bolsillo del delantal salado. Pero a las 5 de la tarde llega el dueño del ganado, (que en nuestro caso es el Estado), a llevarse ese mundo de plata y le deja al pobre carnicero el 13 por ciento, para que se defienda como pueda”.