18 de noviembre de 2019
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Bogotá, con aire porteño

23 de julio de 2009
23 de julio de 2009

De pronto llegan a la ciudad voces privilegiadas a romper la monotonía. Esto sucedió con el Sexteto Mayor  de Tango, que hace poco agotó localidades en Colsubsidio donde se escuchó al joven  octogenario Alberto Podestá, en cuya voz jamás se oculta sol. La aplaudida compañía colombiana de danza Tango vivo, se tuteó con el Sexteto. Por supuesto, no desentonó.

 Platea y gallinero escucharon o pidieron el viejo repertorio de Podestá: Qué falta que me hacés, Garúa, Que nunca me falte, Alma Bohemia, Dos fracasos.

Pero como Podestá y sus gauchos son escasos como el cometa Halley, conviene tener dibujado  el mapa capitalino donde  se consume canción ciudadana. Así se podrá acceder a la dosis personal de tango cuando la nostalgia apremie.

Uno  de los más antiguos sitios es  El Viejo Almacén, nombre clonado de uno similar que abrió el camino en Buenos Aires. La versión criolla está situada en pleno centro de Bogota, al lado del hígado de donde funcionó el diario El Espectador en épocas de vacas gordas.

El local que abre de martes a sábado, y los domingos cuando hay milonga, tiene una incómoda piedra en el zapato: los dueños le han pedido el local al trío integrado por Marielita, Pacho (Francisco Restrepo) y Jhon, como los conocen sus clientes-amigos.

Curiosamente, se ha producido un espontáneo e insólito referendo de tangófilos y vecinos en favor de que se preserve  ese punto de encuentro creado hace casi 35 años. Al local solo le falta una salida adicional de emergencia.

Sin exagerar, o exagerando, el centro bogotano será menos centro sin El Viejo Almacén, que recibe al visitante con una pequeña pintura de Carlos Gardel, quien estuvo en Bogotá dos días antes de su muerte en Medellín ese lunes  de 1935. “Tomo y obligo”, fue uno de los tangos que cantó el Zorzal en ese concierto del adiós en Bogotá.

“La hermana ley” dirá si el local emproblemado ahí se queda. O agarra sus bandoneones y violines y cambia de paisaje.

Otro viejo ícono en su especie es La Esquina del Tango, en Chapinero, cerca de la que fuera la calle de los jipis. Como en tanto otros lugares parecidos, también allí se puede pecar en materia gastronómica, al mejor estilo de lo que sucede en la capital gaucha. (www.laesquinadeltango.com).

En esos sitios que empiezan a hacer nube en Bogotá siempre es 24 de junio y 11 de diciembre, días de la muerte y nacimiento de Carlos Gardel. O Carlos Romualdo Gardes, su nombre de pila,  para posar de sabihondos.

SUBE EL ESTATUS

In illo témpore, “esa ráfaga, el tango”,  era sinónimo de anárquica bohemia. De borrachera ventiada. De peleas de compadritos o  malevos en las que la puñeleta era dueña de la noche.  Quienes confesábamos devoción por Rivero, Iriarte, Larroca, Falgás, Magaldi, Sossa, Moreno, Dante, Godoy, Martel, para no alargar el chico, no éramos de fiar. Nos evitaban.

La fama no era gratuita. El tango se escuchaba en lugares de dudosa semántica. No se iba a escuchar la letra, o a disfrutar de la poesía de su música. No, las melodías  eran un buen pretexto para beber. Y también para adquirir estatus de hombre, en algunos casos

Hace tiempos el tango pasó del café-cantina al café concierto. Un ejemplo lo constituyó la presentación de Podestá en Colsubsidio con el aviso de “agotadas las boleterías” que les arregla el semestre a los gerentes.

Lo atestigua también el hecho de que de pronto su escenario se traslada a escenarios como  la Fundación Santillana, donde mangonea don Belisario Betancur, a quien una vez le preguntaron en Buenos Aires, si era del pueblito (Medellín), donde murió Gardel. “¿Gardel, cuál Gardel”, fue la respuesta-venganza del amagaseño presidente del poetariado, también degustador de esta música.

El tango también ha llegado a las aulas. Se enseña en muchas partes. A los interesados en este sensual movimiento, los espera el Cafetín de Buenos Aires “donde se da Milonga Espontánea y hay siempre tangos al gusto. Javier Sánchez y Patricia Porras han retomado las clases grupales”, escribe Rubén Serna en www.bogotango.com.  La Fundacion Efa Danza (cra. 17 No. 5029) también lo saca del analfabetismo y le enseña a bailar de la mano de Edis Villa, campeona mundial de tango.

No hace mucho, nos dejó uno de los principales poetas colombianos, Mario Rivero, nombre tomado del cantor Edmundo Rivero. Antes de emparentarse con la poesía, Rivero (Mario Cataño Restrepo) ejerció como precario cantante de tangos. Y una destacada periodista que le dijo adiós al estrés radial, la quindiana Judith Sarmiento, se retiró, entre otras razones, para poder cantar más milongas. También Les Luthiers le inventaron al tango una deliciosa parodia. Crece la audiencia.

A LA FM

De vieja data el tango se tomó también la radio FM, antes colonizado por apellidos como Beethoven, Mozart, Bach, Chopin. Estos ilustres creadores comparten frecuencias con Santos Discépolo, Cadícamo, Celedonio Flórez, Manzi, Piazzola, cuyo solo nombre invita a sacar pareja, como se estila en las milongas dominicales de San Telmo, en Buenos Aires, un barrio que se repite en el Usaquén bogotano, así aquí la oferta de tango sea minima. (Ver nota aparte).

De la difusión en la radio cultural se encargan apóstoles como el che Roberto Aroldi (www.robertoaroldi.com), (98.5, Emisora de la Radio Nacional de Colombia), también afortunado intérprete; el manizaleño Rogelio Delgado (106.9 Emisora de la Tadeo).  La Javeriana (91.9 FM) copa  la hora de 8 a 9 de la noche del domingo con “esa nostalgia que se baila”, con libretos de Jaime Andrés Monsalve.

La radio popular, claro, no se arruga en este campo: “Buenos Aires tango”, es el programa que tiene en Radio Cordillera (1190 AM), Libardo Bedoya Naranjo.

De pronto está haciendo falta una publicación como la que edita “Bolero Bar”, de Medellín, en la que recogen textos que tengan que ver con el género.  Los paisas acaban de editar el segundo libro “La mujer en el bolero”. ¿Quién le pone el cascabel al tango en Bogotá?

Si en el campo del tango hay esa falla, un viejo templo de la salsa en Bogotá, el Goce Pagano, que orienta el quijote paisa Gustavo Bustamante, abrió el camino de las publicaciones que regalan a los clientes. Bustamante fue el primero en editar “Primero estaba el mar”, de Tomás González. También en los llamados “Papeles del Goce” ha editado textos de Rulfo, Amado, León de Greiff y Martin Luther King. Y el rancho sigue ardiendo.

Por lo pronto, existe el Boletín Milongueros, de Miryam Wilches, y  páginas web que satisfacen plenamente el deseo de tanguear: la mencionada bogotango.com, una especie de biblia que trae todo sobre el tango en Bogotá, www.teatrocadiz.org, www.tangopurotango.com (página de Javier y Patricia).

VISITA A SAN TELMO

Para muchos amantes del tango, la semana se justifica por el domingo en San Telmo, barrio emblemático de Buenos Aires. Ese día la noche se hizo para San Telmo, y San Telmo para la noche.

Mi objetivo al visitar el viejo barrio bonaerense era ver bailar tango. El mercado de las pulgas “donde se encuentra hasta el aleph”, empieza a desaparecer. Los encargados de la función, disponen  todo para la bailanta. Curiosos y bailarines se confunden en el improvisado escenario.

Nos rodean calles empedradas y edificios con edades que envidiaría Matusalén. Fue el barrio de los compadritos y cuchilleros, ahora convertidos en pacíficos protagonistas de miles de cuentos. Tranquilos por este lado.

Los primeros tangos que suenan no me sorprenden: los oigo desde mi niñez. Rivero, Larroca, Dante, Magaldi, Moreno, se dejan oír. En Medellín, Manizales, Pereira, Armenia, entre otras ciudades,  nos criaron a punta de rosarios, frisoles, radionovelas, tangos y música cubana, en ese orden.

En San Telmo me siento como en casa. O como en Guayaquil, en Medellín, adonde íbamos a escuchar tangos y a graduarnos de hombres de pelo en pecho con alguna “pájara de la noche”.

Hay mayoría de veteranos en el ruedo. Qué riqueza de personajes se ven tirando paso, azotando baldosa. Lo bailan por puro amor al arte. A los danzantes no les interesa la fama, el dinero. A ellos que la fama y la inmortalidad se las den en música. Sólo les interesa bailar.

De pronto irrumpe  un fulano que de lejos se cree la encarnación de Gardel. Que no falte el pelo engominado y traje negro. Y el sombrero aguadeño-gardeliano. Mirada a lo Humphrey Bogart. Sólo  le falta el cigarrillo. Se nota que el hombre está de cacería de minas (mujeres). De pronto aparece en el cuello de su camisa un hueco que estropea su elegancia dominical. El fulano ni se mosquea. Además, eso no lo ven los ciegos.

Recibimos una sobredosis de tango de 90 minutos.  Ya podemos poner en nuestra hoja de vida: disfrutamos de ese Vaticano del tango que es San Telmo. La velada me remitió a las cantinas de la Calle 45, en Manrique, donde hay estatua de Gardel y museo (Casa Gardeliana).  Son barrios hermanados por ese ritmo. Pero todo tiene su fin, hasta San Telmo.

MILONGA

Luciano Londoño, máximo investigador del tango en Colombia, más conocido, claro, en Uruguay y Argentina, suministró a Ciudad Viva la siguiente información sobre la milonga:

José Gobello, en su DICCIONARIO LUNFARDO, define MILONGA (entre sus varias acepciones) como “Lugar donde se baila”; “fiesta en que se reúnen varias personas y se baila”. Y agrega: “Milonguera: bailarina contratada en lugares de diversión nocturna”; “Milonguita: mujer de la vida airada”; “Milonguear: bailar”.

En Argentina, la milonga, entendida como lugar en el que se baila indistintamente tango y milonga, suele situarse en el salón de un club o cualquier otro lugar destinado a ese fin.

Habitualmente el repertorio consiste en tangos, milonga y valses criollos, que se agrupan en «tandas» de a tres o a cuatro, separadas por pequeñas piezas de música ligera llamadas «cortinas».

Cada tanda suele constar sólo de un tipo de estos bailes, y es normal agruparlos de manera temática: tangos clásicos, modernos, de un cierto compositor o cantante, etc.

Hombres y mujeres se sientan en mesas colocadas alrededor de la pista, y al comienzo de una tanda los hombres (habitualmente) invitan a bailar a las mujeres.

Al final de la tanda, el hombre acompaña a la mujer a su mesa y después vuelve a la suya propia. Se considera inapropiado no terminar de bailar una tanda con la pareja. La cortina proporciona el tiempo necesario para esto. También es posible, si los dos han disfrutado particularmente durante la tanda y están de acuerdo en ello, continuar bailando la siguiente tanda. (Publicado en Ciudad Viva, periódico de la Alcaldía de Bogotá).

(Publicado en Ciudad Viva, periódico mensual de la Alcaldía de Bogotá)