22 de enero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El ingenio de los aranzacitas

6 de abril de 2009
6 de abril de 2009

Después de darle varias vueltas en la cabeza a la idea, después de analizar detenidamente el trabajo de los aranzacitas en diferentes ciudades del país, después de comentar con Evelio Giraldo Ospina la aceptación que podría tener el tema, he decidido escribir esta sencilla nota sobre la actividad que desarrollan en diferentes ciudades gentes oriundas de Aranzazu.

No es un tema fácil, desde luego. Tampoco puede que tenga mucha trascendencia. Pero es una oportunidad para destacar ese trabajo anónimo que cientos de paisanos realizan. No sabría, en consecuencia, cómo empezar. Si hablando con nombres propios de cientos de paisanos que a lo largo y ancho de la geografía nacional se ganan su sustento diario  vendiendo mercancía a plazos, o reconociendo el deseo de superación económica que lleva en el alma todo aranzacita que se dedica a vender artículos puerta a puerta. Este es un trabajo arduo, bien se sabe. Pero le brinda a quien lo realiza  la satisfacción de mejorar un poco su nivel de vida.

Cuando uno llega a cualquier rincón del país es común encontrarse en cualquier calle una persona que arrastra una carreta atiborrada de artículos para el hogar como vajillas, planchas, licuadoras, ventiladores, repisas de bambú, mesas para televisor, ollas de aluminio, sobrecamas, juegos de sábanas, etc. Uno se queda mirando detenidamente a quien arrastra el coche. Entonces le comenta al amigo que lo acompaña: “Le apuesto a que ese señor que vende mercancía es de Aranzazu”. El amigo, incrédulo, contesta: “No creo”. Luego uno le dice: “Preguntémosle y verá”. Y, claro, uno se arrima donde el hombre, le pregunta el precio de cualquier artículo y, entonces, ya en confianza, viene la pregunta: “¿Usted de dónde es? Y el cliente, mirándolo a uno con orgullo, responde: “De Aranzazu, Caldas”.

Siempre, en cualquier ciudad, es casi lo mismo. Si usted va a Medellín, a Bogotá, a Cali, a Barranquilla, a Florencia, a San José del Guaviare, a Villavicencio, siempre encontrará un aranzacita rebuscándose la vida con la mercancía. Van por la calle, en la mayoría de los casos, arrastrando la carreta, tocando portones, ofreciendo su mercancía. Otras veces los encuentra con un poco de cosas en el hombro, sobre todo en Medellín, donde se les conoce como “traperos”.  Por las faldas del barrio San Javier, o por las lomas menos pronunciadas de Aranjuez y Manrique,  en las comunas de Medellín, es común encontrar un aranzacita vendiendo trapos. Lo hacen con orgullo, conscientes de que en ese trabajo está su futuro económico, la estabilidad de su hogar, el bienestar de la familia. Son cientos de hombres, y ahora también mujeres, que salen de sus casas antes de las ocho de la mañana, adornan el coche con todo lo que tienen para ofrecer y, acto seguido, se pierden por las calles en busca de potenciales compradores.

La venta de mercancía a crédito es un trabajo humano, demasiado humano diría yo. El vendedor entra en contacto permanente con la gente de las barriadas, sabe de sus dificultades económicas, conoce a su familia. Por lo regular, trabajan en las zonas marginadas de las ciudades, allí donde se siente más la necesidad de la gente. Nunca entran a los barrios aristocráticos, donde sobra el dinero para comprar de contado. Casi siempre lo hacen en los cinturones de miseria, en familias de escasos recursos.

Aranzacitas que se abrieron paso vendiendo mercancías en Ecuador
aranzacitasEl vendedor de mercancía a cuotas es la persona que les facilita a esas gentes algunos artículos para el hogar que nunca podrán adquirir de contado. Con mínimas cuotas de mil pesitos semanales ellos les entregan, sin garantía de ninguna clase, lo  que necesitan; ni siquiera les piden que firmen una letra. Creen en  la buena fe de la gente, en su honestidad, en que les van a pagar. En su argot popular al que no paga lo llaman “clavo”. Y a quien paga cumplidamente lo consienten al máximo y le llevan lo que pidan, hasta un televisor o una nevera de ser necesario.  

 El vendedor de mercancía es un ser humano que tiene sentimientos, cualidades y defectos, como es lógico. Se preocupan demasiado por su familia, y trabajan duro para salir adelante y lograr un mejor vivir. Son, además, muy hermanados entre todos: se ayudan, se prestan plata, se cuentan sus problemas, hablan de sus clientes. Y tienen una cosa en común: la constancia. No se dan por vencidos ante las dificultades. Antes bien, sacan arrestos para continuar en la lucha diaria. Si hoy les fue mal en las ventas, mañana será un día mejor.

El aranzacita que vende mercancía ha llegado allí, en la mayoría de las veces, arrastrado por las dificultades económicas o por cambiar de actividad, cansado de trabajar la tierra. Y lo más importante, le enseñan a trabajar a los demás, sin egoísmos, sin envidia. Son,  para decirlo de alguna forma, forjadores de una nueva cultura: la cultura del rebusque, de la lucha denodada por salir adelante con un trabajo honesto, que los engrandece. No se han ido nunca por la vía fácil para conseguir dinero. Quienes ya han logrado superar su etapa primera lograron conseguir un buen capital para cambiar de actividad, sin joderse tanto.  Se han dedicado a montar pequeñas empresas artesanales, fabricando lo que los demás venden.

El fruto de su constancia en el trabajo, de tantas quemadas al sol,  de tanta caminada en medio de la lluvia, de días  enteros tocando portones, es el patrimonio de sus hijos.  Es decir, han forjado un mañana mejor para los suyos. Ellos recuerdan con nostalgia aquellas épocas en que tiraban azadón o cogían café. En las tardes, después de cumplida la jornada diaria, se reúnen en un sitio determinado de la ciudad donde trabajan. Entonces se dedican a hablar  de cómo les ha ido en las ventas, de qué productos tienen mayor demanda, de cuánto le deben a los proveedores. Todo al calor de unas cervezas. Es agradable escucharlos contando anécdotas, hablando de aquellos tiempos en el pueblo, narrando cómo salieron de Aranzazu para enfrentarse a la vida.